Las inversiones y el riesgo del mercado
Manuel Martín Ferrand
http://www.estrelladigital.es/a1.asp?sec=opi&name=ferrand&fech=16/05/2006
Posiblemente, puestos a ser crédulos, el primer timo de la Historia fue el de la serpiente, en el Paraíso, cuando le compró a Eva toda una eternidad por el módico precio de una manzana. Desde entonces, en una larga carrera de pícaros, los hombres vienen engañando a los hombres como si se tratara de una costumbre inevitable, enganchada en el genoma y, por ello mismo, hereditaria.
José Luis Rodríguez Zapatero es, de hecho, el fruto de una clásica “estafa” política. Tras el 11M, se presentó ante una sociedad desorientada y confusa y, diciéndose continuador de la tradición del PSOE, llegó a la Moncloa para hacer lo que nunca se hubiera atrevido a hacer un verdadero socialista, de los que entienden el verdadero sentido de la “O” y la “E” de la sigla centenaria. Llego a presidente con un mensaje falso, engañoso, y compró el poder por el módico precio de una esperanza.
Ahora, de manera espontánea o forzada —no lo sé—, en pleno mandato de Zapatero, cuando Pasqual Maragall engaña al tripartito; Carod-Rovira, a Maragall; Artur Mas, a Maragall y a Rovira, y todos, un poquito, a Mariano Rajoy, se nos presenta lo que El País bautizaba ayer como “el mayor timo de la historia”. Fórum Filatélico y Afinsa, dos entidades de inversión hasta ahora prestigiadas, parecen haberse planchado los ahorros de cerca de 400.000 familias.
Me viene a la memoria un caso histórico que, hace ochenta años, tuvo su epicentro en Maracaibo, en Venezuela. El propietario de una tienda local especializada en objetos artísticos anunció en los periódicos de medio mundo, con la oportunidad de un aniversario de Simón Bolívar, un hermoso retrato, grabado en acero, con la efigie del Libertador por el modestísimo precio de un dólar. Llovieron los pedidos acompañados de su correspondiente dólar norteamericano. A cambio, los ingenuos compradores obtuvieron, a vuelta de correo, un sello rojo oscuro, con la anunciada efigie de Bolívar y valor facial de cinco céntimos. Sólo en Nueva York se presentaron más de 20.000 afectados que, como sus equivalentes de otros lugares, nada pudieron hacer contra el ingenioso estafador. Los términos de la oferta estaban bien claros.
No parece que lo del Fórum Filatélico y Afinsa, aunque se trate de casos vinculados a la filatelia, pertenezca a la misma familia que el timo venezolano. Seguramente fueron, en sus arranques, negocios bien planteados que encontraron en los bienes tangibles una alternativa inversora a los valores bursátiles. Es muy posible que el tiempo, capaz de modificar el valor de las cosas, haya hecho decaer el de los sellos postales. El desarrollo de la telefonía, móvil o estática, el e-mail y otros avances han reducido el uso del correo tradicional y, además, los grandes envíos se hacen ya según un “franqueo concertado” que elimina el sello tradicional. Han cambiado los modos y, con ellos, el sentido de aquellas buenas inversiones. Ese cambio, ¿convierte en estafa la actuación de los fundadores y directivos de las dos empresas en problemas?
Podría ser que una precipitación en la publicidad de la acción de la inspección tributaria y la investigación judicial haya precipitado unos acontecimientos que no necesariamente estuvieran cantados. Una cosa es que un negocio fracase y otra, muy distinta, que ello conlleve una intención de estafa a sus accionistas.
Sea como fuere, lo que sí conviene dejar muy claro antes de que cunda el sentimentalismo social, tan nuestro, y vea el Gobierno una posibilidad de usos electorales del caso, es que los inversionistas en Fórum Filatélico y Afinsa, de lo que trataban era de, mediante una acción especulativa —legítima, por supuesto—, obtener un mayor rendimiento a sus ahorros. Les ha salido el tiro por la culata; pero, contra lo que tenuemente sondea el Gobierno, no debe gastarse un solo euro del dinero público en aliviar las penas de los frustrados inversores. Ya sé que no es popular esto que digo; pero, puestos al juego del mercado, cada palo debe aguantar su propia vela.
Lo que sí podría haber es una responsabilidad pública en el caso. Es función gubernamental la vigilancia del patio, de modo y manera que, buenos o malos, los negocios de inversión común, de cualquier naturaleza, no conlleven fraude y se ajusten con precisión a las reglas del juego.
En el caso del sello de Simón Bolivar los “inversores” recibieron lo prometido: un hermoso retrato, grabado en acero, del Libertador. En esta ocasión, ¿hay manipulaciones en el valor de los bienes que perturben sus precios de mercado? Eso es lo que debieron vigilar los gobiernos pasados, también el presente, y lo que ahora le corresponde dilucidar a los tribunales de justicia; pero sin sentimentalismo, si el negocio hubiera sido pingüe no hubieran repartido sus frutos con los demás.