Polonia en la Europa de Sarkozy

Privada de su cobertura estatal, la nación polaca aspira a recuperar el lugar que le corresponde en la historia europea

Antonio R. Rubio Plo

La Gaceta de los Negocios, 25 junio 07

Menos de dos meses después de su llegada al Elíseo, Nicolas Sarkozy avanza con paso firme por la política europea. Se ha demostrado en el pasado consejo europeo de Bruselas, todo un paseo triunfal para el presidente francés a la hora de aunar voluntades y buscar compromisos en los salones bruselenses. Al parecer Sarkozy no estaba de acuerdo con el expeditivo recurso de no contar con los polacos en la convocatoria de una conferencia intergubernamental para la elaboración del nuevo tratado. Después de todo, era una medida efectista porque al final habría que contar con Varsovia para aprobar el texto definitivo. El coste sería mayor que el presunto beneficio ejemplarizante: tensiones en los próximos meses que no sólo dificultarían las labores de coordinación de la próxima presidencia portuguesa, sino que darían otra racha de mala imagen pública a la UE. “No era posible dejar de lado al país más grande de la Europa del Este, menos de 20 años después de la caída del muro de Berlín”, declaraba Sarkozy en la rueda de prensa de la madrugada del sábado, una vez alcanzado el acuerdo.

El presidente francés está demostrando audacia en su visión de las relaciones intraeuropeas. El eje francoalemán seguirá jugando un papel destacado en el futuro, pero no puede seguir siendo exclusivo. La Europa actual sobrepasa con mucho los límites casi carolingios de sus orígenes y los países recién incorporados a la UE no podrán ser indefinidamente miembros de segunda clase subsidiados por los fondos comunitarios. Sarkozy, hijo de padre húngaro, conoce de primera mano la tragedia de la mitad de un continente en el que capitales de gran tradición cultural como Varsovia, Budapest y Praga vieron marginado su legado por un despotismo mesiánico cuyas raíces estaban más en Asia que en Europa. La tierra de nadie entre Alemania y Rusia, con continua incertidumbre por su futuro en el periodo de entreguerras, forma parte de la nueva Europa. Con todo, ciertas personas que reparten credenciales de europeísmo miran con desconfianza, o hasta con superioridad, a los nuevos socios a los que acusan, entre otras cosas, de ser buenos aliados de Washington. Quienes tienen una visión de Europa como contrapeso a EEUU en un sistema de equilibrio mundial se sienten molestos ante países como Polonia. Arremeten contra los hermanos Kaczynski por su filiación política, pero también lo harían contra el ex presidente socialista Kwaniewski si estuviera en el poder. Son incapaces de comprender que Polonia no tiene una política exterior ideologizada, sino una política de Estado. Privada durante casi dos siglos de su cobertura estatal, la nación polaca aspira nada más —y nada menos— que a recuperar el lugar que por pleno derecho le corresponde en la historia europea. Aquí los debates sobre federalismo sobran porque no se está evolucionando hacia unos EEUU de Europa sino hacia una Unión Europea de estados soberanos, si bien comparten esa soberanía en múltiples aspectos y en otros refuerzan la cooperación intergubernamental. Si Sarkozy, al igual que sus predecesores, hace política francesa con cobertura europea, nadie puede reprochar a Polonia que haga lo mismo. Los polacos han vuelto a la historia europea y no se les puede exigir que tengan una política exterior propia de un país escandinavo o del Benelux, con todos los respetos para ellos. Su trayectoria histórica es diferente. “La historia y la solidaridad europea nos exige comprender a los checos y a los polacos” señalaba Sarkozy en unas recientes declaraciones a Gazeta Wyborcza.

Existen suficientes indicios para deducir que Sarkozy tiene en mente reactivar la asociación estratégica de Francia con Polonia. En los últimos años el triángulo de Weimar, creado en 1991 por franceses y alemanes, de cara a la integración europea de Polonia, era un foro venido a menos. Mas Chirac ya no está en el poder y el nuevo presidente tiene el realismo de no ignorar que Polonia está entre los seis países europeos más grandes. Siendo ministro del Interior, Sarkozy ya consiguió que el G-5, una cooperación contra el crimen organizado, se convirtiera en G-6 con la incorporación de Polonia. Franceses y polacos han sido aliados históricos desde el siglo XVIII e incluso la nación polaca tuvo la fugaz esperanza de que Napoleón le devolviera total o parcialmente su condición estatal. La diplomacia francesa de entreguerras calibró también el estratégico papel de Polonia, pero fue incapaz de reconocer desde sus inicios el peligro nazi señalado por el mariscal Pilsudski. Hoy Polonia y Francia tienen muchos intereses comunes: la defensa a ultranza de la política agrícola común, el incremento de la cooperación en materia de defensa, el crecimiento de la inversión francesa en Polonia... La cumbre francopolaca, a celebrar el próximo otoño en las orillas del Báltico, reforzará las relaciones y dará prueba de que Polonia no está tan aislada como dicen algunos de sus detractores.

Frente a los reproches del puritanismo europeísta, Polonia ha hecho bien en defender su propio criterio. ¿Por qué a Londres, donde hay un poderoso frente antieuropeo, se le da más comprensión que a Varsovia? Sarkozy ha llegado a afirmar que “probablemente no haya otra nación tan proeuropea como los polacos”, lo que implica el convencimiento de que tarde o temprano se alcanzaría un compromiso sobre el tratado. La construcción europea siempre ha estado llena de acuerdos de última hora sobre los más mínimos detalles burocráticos y legales. Era lógico que el orgullo polaco se resistiera a las explicaciones simplistas. Como decía el periodista Piotr Semka, “no debemos flaquear al ver el ceño fruncido de alguna figura europea prominente”.