La patología moral del País Vasco

La Gaceta de los Negocios
Ignacio García de Leániz
14/06/07

Bueno sería que las élites vascas recordasen el legado de Hildebrand para recuperar su visión de los valore

Se cumple este año el 30 aniversario de la muerte en New Rochelle de Dietrich von Hildebrand, quien sería uno de los autores imprescindibles de la ética fenomenológica de los valores, la corriente más fecunda del pensamiento filosófico-moral del siglo XX. Convertido en 1914 al catolicismo, su beligerancia activa contra el nazismo le despojará de su cátedra en la Universidad de Múnich en el fatídico 1933 y le condenará a muerte in absentia. Tras múltiples avatares arriba a Estados Unidos en 1940, donde prosigue su infatigable docencia en la Fordham University. Su talla intelectual y moral hará que años más tarde el entonces cardenal Joseph Raztinger, que le había tratado asiduamente desde sus tiempos de joven sacerdote, escribiera que nuestro pensador germano estaba destinado a ser una de las figuras prominentes de nuestro tiempo.

Las reflexiones de Hildebrand en torno al fenómeno singular de la "ceguera al valor" (Wertblindheit) por medio del cual dejamos de captar la existencia de determinados valores moralmente relevantes, nos pueden ayudar a esclarecer en gran medida las raíces y consecuencias de la patología moral que asola, desde hace varios decenios, el País Vasco y que en estos días nos muestra su especial virulencia.

Por un lado, Hildebrand nos describe la existencia de una "ceguera total " a los valores morales. Para los sujetos —y por extensión organizaciones políticas— con tal anomalía hay una pérdida completa de las categorías de "bueno" y "malo" que vienen a significar lo mismo que para un ciego el concepto de "rojo" y "verde". El genio de Shakespeare lo había dibujado en un Ricardo III o en el Yago de Otelo y Dostoiesvki a su vez en el Rakitin de Los hermanos Karamazov. En el espectro político-social vasco, ETA-Batasuna estaría aquejada de una tal ceguera donde no cabe captación alguna del conjunto de valores morales que están en la base misma de los Derechos Humanos. Dicha atrofia estimativa corrobora otro fenómeno desolador de la intrahistoria vasca, que apenas se comenta: cómo la ya numerosa generación de terroristas que han cumplido sus penas de varios años de prisión por delitos de sangre y llevan ya algún tiempo en libertad no experimentan arrepentimiento moral alguno por sus crímenes pasados. Con todo, la gravedad de la enfermedad vasca no se explica por la mera existencia de una ceguedad hostil a los valores morales por parte del conglomerado del MLNV. Se dan, mal que nos pese, otros tipos de cegueras concomitantes, diseccionadas por Hildebrand, que explican en nuestro caso la singular extensión del síndrome estimativo que nos ocupa.

Así, existe también un cuadro de "ceguera parcial" al valor moral, que aqueja al PNV desde su fundamentos ideológicos mismos. En esta variedad descrita por Hildebrand, se da efectivamente todavía una comprensión del valor fundamental de lo "bueno" y de otras exigencias morales, pero la facultad estimativa está velada para otros valores asimismo relevantes, que quedan fuera de nuestro campo visual. El drama del peneuvismo moral reside precisamente en haber aminorado tanto la prelación de determinados valores morales esenciales (respeto a las minorías, defensa de las víctimas y de la justicia, lealtad institucional) que dejan ya de percibirse como valiosidades, olvidando que los valores no son una quaestio facti, sino una quaestio iuris, como Ortega certeramente percibió en 1923.

Sin embargo y muy desgraciadamente esta segunda ceguera no queda restringida al Partido Nacionalista Vasco. Por motivos estratégicos, el Partido Socialista de Euskadi decidió la defenestración de Nicolás Redondo tras la amarga derrota del 13 de mayo de 2001. Con la nueva cúpula rectora y su progresiva peneuvización moral, el PSE se ha ido contagiando consecuentemente de una análoga "ceguera parcial" en la que han quedado anublados determinados valores morales inscritos en la Constitución de 1978. La progresiva degradación y obscurecimiento estimativo que ha ido sufriendo el PSE sería un triste ejemplo de aquello que advertía lúcidamente Hildebrand: cómo se puede perder por nuevos intereses subjetivos en juego el conocimiento moral de aquello que una vez captamos como valioso de forma clara y evidente. Basta leer el reciente y desesperado artículo de Fernando Savater Casa tomada (El Correo, 19-V-07), significativamente vetado por El País, para darnos cuenta de a dónde conducen tales veladuras.

Ciegas como el Rey Lear en medio de la tormenta que se anuncia llena de ruido y furia, bueno sería que determinadas élites vascas volviesen su mirada al legado de Hildebrand para recuperar su visión de los valores, que Ortega mismo definía como aquella "sutil casta de objetividades" que nuestra conciencia encuentra fuera de sí, como encuentra los árboles o, por ejemplo, la cresta del Amboto en su espléndida majestad.

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