El poder atrae y transforma, a algunos

El Diario Montañés
Juan Carlos Zubieta Irún
15/06/07

El poder atrae. Y el poder transforma. No a todo el mundo, afortunadamente, pero sí a muchos; a demasiados. ¿Qué efectos mágicos tienen las sillas donde se sientan los altos cargos? ¿Por qué fascinan a tantos? ¿Por qué les cuesta un sufrimiento abandonarlas? ¿La aventura de Ulises al pasar junto a la isla de las sirenas será una metáfora del poder? ¿El 'encanto' del poder seduce de tal forma que se corre el riesgo de perecer? ¿Será necesario taparse los oídos con cera para resistir al hechizo y no sucumbir?

Por supuesto, hay muchos que pretenden llegar al poder para desarrollar un proyecto, para transformar una sociedad o conducir una organización hacia una meta. Hay muchos que quieren dirigir una estructura empresarial o una asociación, porque consideran que tienen capacidad para lograr objetivos importantes para un colectivo. Nadie lo duda. A todos ellos, a los emprendedores, a los arriesgados, a los que tienen iniciativa y asumen riesgos y ponen su capacidad y su esfuerzo al servicio de una idea por el bien de un grupo humano, hay que rendirles un homenaje. El problema está en otro sector: el de los que sólo ambicionan el poder para servirse de él. El peligro se encuentra en los individuos que fijan toda su atención en trepar más alto con el único propósito de disfrutar de las prebendas del poder sin asumir sus costes y, por ello, se preocupan poco del grupo y de la organización. A estos me voy a referir a continuación.

En primer lugar hay que advertir de algo grave: al personaje que nos ocupa se le encuentra en múltiples ámbitos y organizaciones. Es muy frecuente en la política, pero también le podemos observar en los sindicatos, en la universidad, en las empresas, en las asociaciones culturales e incluso en las comunidades de vecinos. Sí son una plaga.

En ocasiones, la razón por la que algunos se aferran al sillón es clara: se agarran con uñas y dientes porque no tienen otra alternativa ocupacional. Seguro que todos ustedes conocen a cargos políticos que carecen de experiencia profesional; toda su vida 'laboral' ha estado vinculada al partido político, carecen de otro oficio; en consecuencia, si pierden el sillón no tienen alternativa. ¿En qué consiste una parte importante de su ocupación durante el tiempo que desempañan un cargo?, pues muy sencillo: en asegurarse el puesto o buscar otro acomodo. Es humano y es comprensible. Pero, en términos generales (siempre hay excepciones), este grupo no es bueno para la vida pública y para las organizaciones. Si una persona carece de oficio o de alternativa ocupacional es más fácil que sea sumiso con el partido y con el líder, ¿cómo va a criticar a los que son su seguro de vida? Además, como se comprueba con alguna frecuencia, hay quien cae en la tentación de la corrupción para asegurarse el futuro.

Si nuestro protagonista pierde su posición de privilegio y tiene que volver a su ocupación anterior (en el supuesto de que la haya tenido), es común que sufra un gran disgusto. Considera que ha sido injustamente expulsado del paraíso y, claro, estar condenado a ganarse el pan con el sudor de la frente es duro; se le ha olvidado lo que significa ser mortal.

Es habitual que los individuos referidos salten de cargo en cargo (lo fundamental es ocupar un sillón elevado y que el despacho tenga moqueta). No importa cuál sea la función del puesto, ellos valen para un roto y para un descosido. Piensan que saben de todo y que sus capacidades son 'flexibles' (claro que hay observadores que opinan de forma muy distinta y recuerdan la expresión: «La ignorancia es muy atrevida»). Al ocupar un puesto elevado algunos pierden totalmente el pudor; creen que sus conocimientos son amplios y variados, y no tienen reparo en hablar de lo divino y lo humano. Cuando un medio de comunicación les invita se ponen como cuando el pavo real extiende sus plumas. Sí, las luces les encandilan, los micrófonos les priva (olvidan lo que dijo el jurista británico John Selden: «Los que más efectivamente gobiernan, menos ruido hacen»). Todos conocemos a alcaldes, concejales, directores generales y responsables de organizaciones cuya ignorancia es supina.

Algunos de los que alcanzan puestos de relevancia se transforman, mutan. El hechizo les modifica. Sí, algunos se vuelven tontos. Al día siguiente de ocupar un alto cargo hay quien aparece vestido de forma diferente a como lo hacía habitualmente. Se disfrazan y se sienten bien. Además, es común que cambien de coche: el utilitario ya no encaja con su nuevo estatus, es necesario un coche «de representación». También, al cabo de un cierto tiempo de estar en el cargo son muchos los que empiezan a sentir que su domicilio habitual tampoco es adecuado. Por supuesto, de todos los cambios el de más trascendencia es percibir la realidad de forma distinta al resto de la gente.

El mismo día que han ocupado el puesto importante se apresuran a encargar tarjetas de visita en las que se destaca el nuevo cargo; tampoco se olvidan de comunicar a todo el mundo cuál es su actual responsabilidad. Por supuesto, cuando son felicitados indican que han aceptado el puesto por hacer un favor; son comunes expresiones como: «Chico, yo estaba muy bien en mi puesto anterior, pero hay que echar una mano» o «Hay que sacrificarse y asumir las responsabilidades». El tamaño del despacho y el aparcamiento también son muy apreciados.

A los hechizados también les cambia la voz. De pronto, el ensalmo hace que se comuniquen con voz engolada. Y pierden el sentido de la medida: hablan y hablan sin parar; no pueden confesar que no saben de un tema. Además, no miran a su interlocutor, miran al infinito, al cielo, como si se dirigiesen a una inmensa audiencia. Muchos políticos y altos cargos de organizaciones comienzan a utilizar una jerga singular que consiste en alargar las palabras y en utilizar términos como: 'influenciar', 'contabilizar', 'potencialidad', obligatoriedad", 'paradigmático'. Los iluminados, presos de la fiebre, creen que comunicándose de esa forma, hablando de modo que mucha gente no les entiende, diciendo vaguedades, quienes les escuchen pensarán que sus discursos son brillantes. Además de un nuevo vocabulario, también incorporan una serie de expresiones y coletillas que, de manera obsesiva, repiten permanentemente: «Estoy muy ocupado», «Tengo muchísimos líos», «Llevo una temporada muy complicada», «No tengo un minuto libre».

Muchos establecen nuevas amistades y se olvidan de las de toda la vida. Dejan de acudir a la tertulia de todas las semanas con los amigos del barrio, y la cita con el compañero de colegio se aplaza una semana tras otra. En ocasiones, tampoco tienen tiempo para atender a su familia.

Ser importante es sinónimo de no tener tiempo, de estar muy ocupado. Por tanto, una vez que se sienta en el sillón del deseo el jefe comienza a no estar para nadie. Conozco a algunos que no responden a las cartas y que no devuelven las llamadas telefónicas. Conseguir entrevistarse con alguno de estos individuos es una tarea difícil. Y, cuando se logra, después de múltiples intentos y ruegos, el tiempo disponible es brevísimo y siempre interrumpido por varias llamadas urgentes y por dos ausencias del despacho (por definición, el jerarca tiene que resolver, inmediatamente, problemas fundamentales). Lo más común es que esa entrevista concluya con un: «Ya estudiaré el asunto; vete tranquilo que dentro de unos días te llamo con la solución». Por supuesto, al cabo de varias semanas habrá que volver a llamar y repetir el argumento porque se habrá olvidado por completo de la conversación y de su compromiso de respuesta.

Al 'importante' le encantan las reuniones. Considera que decir: «Mañana no puedo que tengo una reunión» y «Acabo de salir de una reunión con » le proporciona prestigio. Algunos, pierden tanto el sentido de la realidad que llegan a pensar que el término 'reunión' es sinónimo de trabajo, de actividad relevante, de análisis riguroso y de intercambio fructífero de ideas.

Es frecuente que el ingenuo se identifique con su propio personaje. Sí, como el actor Johnny Weissmuller que creyó ser Tarzán de los monos y se golpeaba el pecho gritando: ¿Ahá, ahá, ahá! Algunos se creen valiosos debido a que el puesto que ocupan es el que correspondería a personas capaces, no caen en la cuenta de que muchos mediocres alcanzan puestos de relevancia (conozco a unos cuantos). También les despista otra circunstancia: junto al poder proliferan los aduladores, los serviles, los sumisos y los que quieren aprovecharse de los favores que pueden repartir los dirigentes (¿Tendrá eso algo que ver con lo que llaman «la erótica del poder»?).

Al poco tiempo de alcanzar la cima los no precavidos sufren de amnesia. Se olvidan de su pasado, de los apoyos recibidos, de los mecanismos utilizados para triunfar, de los méritos acumulados (sé de varias personas que entraron por la puerta de atrás a una organización y que hoy son de los más exigentes con los nuevos candidatos).

No es raro que algunos de los que ocupan un puesto de responsabilidad adquieran, junto con el sillón, una actitud prepotente. Se creen mejores que los demás. Suele ocurrir que los más mediocres se consideren poseedores de la verdad. Les cuesta admitir que también ellos pueden equivocarse, que otros pueden tener razón. No comprenden que alguien les pueda llevar la contraria (una vez me topé con un alto cargo que, cuando me opuse a su postura, excitado por la discusión no pudo reprimirse y dijo: «Lo digo yo y punto»; después amenazó: «Y si no, me levanto de la reunión y me voy»). Su estrechez de miras y en ocasiones su sectarismo les hace cerrar filas con los de su grupo, aunque estos sean estúpidos, incapaces o estén equivocados, y observar con recelo a los que no son de su tribu.

Nuestros protagonistas tienen una singular forma de ver el éxito y el fracaso: los méritos siempre son de ellos, los fracasos son culpa de los demás: de la organización, de la falta de capacidad de los colaboradores, del contexto; etc. No conocen el significado de la palabra dimitir. Se creen imprescindibles. Piensan que sin ellos la organización se hundirá. En su cabeza una vocecita les dice. «Tú o el caos». Sí, su ego es inmenso y su autoestima alcanza las más altas cotas.

Déjenme concluir con una propuesta: Ahora que estamos en la época, ¿no sería conveniente celebrar algún cursillo de verano para enseñar cómo debe comportarse correctamente el que accede a un puesto de responsabilidad? En el programa de ese curso yo incluiría, entre otros, los siguientes temas: La modestia; la honradez por encima de todo; la memoria; el rigor en el trabajo; la tolerancia; la actitud de escucha; la apertura a otras personas, grupos y criterios; la memoria; el significado del concepto 'temporalidad' y del término 'dimitir'; las virtudes del lenguaje común para la comunicación. El curso también podría incluir un ejercicio práctico con el título: «Sé responsable. Analiza tus capacidades y no aceptes puestos para los que no estés preparado» y, por último, la lectura del texto de El Quijote: «De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes de que fuese a gobernar la ínsula». La razón por la que algunos políticos se aferran al sillón es clara: porque no tienen otra alternativa ocupacional, toda su vida 'laboral' ha estado vinculada al partido político.

JUAN CARLOS ZUBIETA IRÚN
TALLER DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE CANTABRIA

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