Entrevista a
monseñor Paul Josef Cordes, autor de El eclipse del
padre
LA
FALTA DEL PADRE ES ALARMANTE |
Paul Josef Cordes es, desde 1995, arzobispo y Presidente
del Consejo Pontificio Cor Unum, y autor del interesante libro El eclipse del
padre, publicado por la Editorial Palabra, en el que se estudian a fondo las
causas y las consecuencias que puede acarrear la ausencia del padre en la
familia, o su presencia mal entendida
Cuáles cree que son los motivos del eclipse del padre?
Menciono sólo
algunos pocos pensamientos para indicar cambios fundamentales. En comparación
con tiempos pasados, ha mudado de forma considerable la preparación de los niños
para enfrentarse a la vida e iniciarse en ella. En los siglos pasados, el padre
poseía una función central en la transmisión de las habilidades básicas para la
vida: transmitía su oficio, daba orientaciones para la política, el
comportamiento en la sociedad; para los adolescentes, en su proceso de
maduración, era el modelo más inmediato. Hoy la nueva generación en general, con
los medios técnicos a su disposición, sabe más que los padres sobre el
ordenador, Internet, las maquinas, la publicidad, los idiomas extranjeros y la
Bolsa. Los padres, y a menudo también las madres, trabajan fuera de la familia y
no pueden ser modelos inmediatos para sus propios hijos. Otro elemento es la
nueva concepción de autoridad: en una democracia, la autoridad es otorgada por
un tiempo determinado; tras este lapsus de tiempo, decae. Esta concepción
político-social repercute, sin lugar a dudas, también sobre el papel y el poder
de decisión del padre. No por último, es de gran relevancia el influjo del
feminismo moderno sobre la comprensión que los hombres y los padres poseen de sí
mismos.
¿Cree
que las consecuencias de la ausencia del padre se ven reflejadas en nuestra
sociedad?
Existen, en primer lugar, las afirmaciones de los antropólogos, que
se basan sobre todo en la sociología. Algunos de ellos consideran que las
divergencias psíquicas entre los sexos dependen sólo o principalmente del
influjo cultural, y no de la naturaleza. Por lo tanto, sería necesario empujar a
las chicas a jugar al fútbol y a los chicos a jugar con muñecas; las chicas
deberían aprender a reparar coches y los chicos deberían tomar lecciones de
ballet. Entonces la comprensión entre los sexos aumentaría –y finalmente la
madre podría sustituir al padre y viceversa–. Esto se esconde también detrás de
toda una serie de cambios legislativos; las nuevas disposiciones legales y los
jueces, en casi todas las causas para la custodia de un niño –cuestión que, a
menudo, se presenta a raíz de un divorcio–, dan la razón a la madre; a menudo
ésta es para el niño la única persona de referencia. Los padres parecen ser
superfluos. La idea del padre opcional se encuentra también en el origen de los
conceptos de las Naciones Unidas con relación al papel del adulto en el
acompañamiento de los niños y de los adolescentes; por ejemplo en la Conferencia
mundial de El Cairo, en 1994. Existen sociólogos serios –por ejemplo, la famosa
cátedra de Ciencias Sociales en Frankfurt– que opinan que la falta de padre
favorece el resurgimiento de grupos de ultraderecha; los jóvenes buscan entre
los machos la masculinidad y la firmeza que no hallan en el ámbito femenino.
¿Cómo
definiría el papel del padre en la familia?
Es difícil. No se puede
considerar al padre, de ninguna manera, un desdoble de la madre. Sólo con el
padre, el niño puede hacer la experiencia de un tú; la madre no se percibe como
un tú, sino como el propio yo. El amor hacia su mujer, madre de su hijo, lleva
al progenitor a reconocer y a admitir su identidad de padre. Tiene que «aprender
de la madre su propia paternidad» (Juan Pablo II). Se dirigirá cada vez más
hacia el otro distinto de sí y descubrirá qué significa decir hijo mío. «¿Es
verdad que, en la palabra padre, también el miedo encuentra su puesto? Nunca
seré sólo calma, sino también tempestad. Y no dulzura pura, también llevo
amargura»: así Karol Wojtyla hace hablar al padre en una poesía escrita hace
muchos años. Y el padre se descubre después, ante las pruebas, no sólo como
padre, sino también como hijo del Padre eterno.
¿Cómo
ve el futuro de la familia?
Hoy se ve minada por las diferentes definiciones
dadas en las leyes nacionales y en las prescripciones inspiradoras de las
Naciones Unidas. Favorecen la existencia de solteros y, paradójicamente, llaman
matrimonio a la convivencia de dos homosexuales. También es cierto que los
tiempos modernos, con los cambios económicos, culturales, religiosos, han
provocado un debilitamiento de los lazos familiares. No obstante, diversos
factores antropológicos permiten dar a la familia un futuro netamente positivo.
El ser persona, por ejemplo, no es posible sin el reconocimiento y el respeto de
parte de los demás. Pero son, sobre todo, los parientes más cercanos quienes nos
los dan. Nosotros, cristianos, estamos convencidos del significado de la
familia, el primer lugar para la transmisión de la fe, que los padres no pueden
delegar en nadie. El Antiguo Testamento ya otorgaba al padre el deber de
comunicar a sus hijos el amor a Dios (cf. Dt. 6, 7). Quizá en los siglos pasados
la familia apenas era tenida en cuenta. Ha sido sólo el Vaticano II, y de forma
particular el Santo Padre, con continuos llamamientos, quien ha hecho tomar
conciencia de la importancia y de la tarea de la familia en la Iglesia y en la
sociedad.
¿Por
qué, en vez de hablarse del humanismo cristiano en Europa, se habla del
humanismo occidental? ¿Es eso un cliché marxista?
El francés Jacques
Maritain, en su obra Humanismo cristiano, hace una distinción entre humanismo
clásico y cristiano. Confirma que el humanismo clásico está compenetrado por una
vasta herencia pagana, y remite, entre otros, a Homero, Sócrates y Virgilio. Yo
tenía en la mente esta amplia comprensión, y de ninguna manera un concepto de
lucha de tipo marxista. No quiero tampoco negar que también para los cristianos
una vasta comprensión del humanismo puede encontrar su orientación en el
Evangelio.
¿Por qué una persona sin hijos, con voto de celibato, escribe un
libro sobre el padre?
Los padres corren el peligro de jugar sólo un papel
secundario en nuestra sociedad. La relación del padre con la futura generación
está quebrada, a veces turbada, o es inexistente. En la educación de los hijos
dominan las madres. Ya desde un punto de vista psico-pedagógico, esto es
fuertemente problemático para los adolescentes. Para una sana orientación en la
fe, la falta del padre es dramática y alarmante. De hecho, nuestras experiencias
naturales son la base de nuestra forma de concebir la fe; sacan a flote lo que
el mensaje de Dios quiere suscitar en nosotros. Por esto, una concepción
defectuosa del padre estropeará nuestra relación con Dios. ¿Qué pastor, qué
catequista y educador podrá, por tanto, dejar pasar inobservados los cambios
acontecidos en la imagen del padre?
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