DE JUAN PABLO II A
BENEDICTO XVI

La Iglesia Católica ha sabido encontrar en el
momento oportuno a dos personajes excepcionales, capaces de regir sus destinos
en una época muy exigente para quienes proclaman su fe en Cristo. Uno y otro
sirven como máximo ejemplo y guía espiritual para millones de
fieles.



El segundo aniversario de la muerte de Juan Pablo II es una buena oportunidad
para recordar el pontificado de un auténtico gigante de la Historia, una
personalidad que, por derecho propio, figura ya entre los protagonistas
principales del siglo XX. Desde el amor apasionado a su Polonia natal, el Papa
Wojtyla supo dar a su tarea una dimensión universal y permitió a la Iglesia
afrontar con vigor y valentía los retos del mundo contemporáneo.


Lejos de cualquier complejo o recelo
ante la modernidad, Juan Pablo II fue también un Papa mediático, capaz de
convertir sus viajes y actos públicos en auténticos fenómenos de masas. Para
millones de personas en todo el mundo, ese mensaje de esperanza y autenticidad,
transmitido con palabras emotivas y apasionadas, significó un revulsivo para su
fe y para su presencia activa en la sociedad. El pueblo cristiano, congregado en
Roma para despedirle, aclamó como santo al Papa difunto y, de hecho, están ya
avanzados los procedimientos canónicos para formalizar en términos jurídicos ese
sentimiento universal. La historia del siglo pasado no puede entenderse sin la
quiebra del sistema totalitario, a cuya derrota, en el decisivo terreno de los
principios morales, contribuyó de forma determinante. No obstante, la imagen que
permanece en la memoria de todos está vinculada con la lección de amor y de
sacrificio personal que supo impartir con el ejemplo durante su última
enfermedad.


No era fácil la labor de suceder a un
personaje de tales características, pero Benedicto XVI ha conseguido aportar al
pontificado una dimensión personal y profundizar en las ideas capitales de su
antecesor, cuyo testimonio prolonga a través de elementos novedosos. Joseph
Ratzinger cuenta con una excepcional formación intelectual que le permite
expresar su pensamiento con todo rigor al servicio de una presencia intensa de
los católicos en la vida pública. Frente a los tópicos interesados que apuntaban
a un Papa cerrado y dogmático, Benedicto XVI ofrece una visión moderna,
ecuménica y abierta al debate profundo con los más importantes pensadores
contemporáneos. Ante ese discurso de alto nivel doctrinal, no sirven las
descalificaciones basadas en prejuicios ideológicos. Además, el Papa alemán ha
logrado con su afecto y cercanía a la gente de toda condición romper con esa
supuesta frialdad y distancia que algunos le habían atribuido. La Iglesia
Católica ha sabido encontrar en el momento oportuno a dos personajes
excepcionales, capaces de regir sus destinos en una época muy exigente para
quienes proclaman su fe en Cristo. Uno y otro sirven como máximo ejemplo y guía
espiritual para millones de fieles.


http://www.abc.es/20070403/opinion-editorial/juan-pablo-benedicto_200704030342.html


FUJIMORI CON AYUDA NIPONA

El diario “La República” de Perú en su
editorial se refiere a la versión según la cuál, en el caso Fujimori, se habría
producido una intervención nipona al más alto nivel para hacer ver a Chile la
“inconveniencia” en las relaciones entre ambos países, de que la Corte Suprema
se pronuncie en favor de la solicitud de extradición hecha por el Perú, respecto
del ex mandatario.

No
coincidimos con la opinión del canciller José Antonio García Belaúnde, quien
considera como “no plausible” la versión proporcionada por el diario “El
Mercurio” según la cual se habría producido una intervención nipona al más alto
nivel para hacer ver a Chile la “inconveniencia” para las relaciones entre ambos
países de que la Corte Suprema se pronuncie en favor de la solicitud de
extradición hecha por el Perú, respecto del ex dictador.

Esta intervención se habría producido
el 25 de marzo pasado, cuando el primer ministro nipón Shinzo Abe y su canciller
Taro Aso se reunieron con el canciller chileno Alejandro Foxley en el marco de
las reuniones preparatorias a la firma de un TLC entre ambos países. La
insinuación habría ocurrido no dentro del marco de la agenda oficial ---en la
que el tema nada tenía que ver y no estaba incluido--- sino en la conversación
que siguió.

Hay varias razones para otorgar
verosimilitud a esta versión, filtrada desde el lado chileno. Primero, que para
el gobierno de Tokio y en virtud de su inscripción en el “koseki” familiar,
Fujimori es un súbdito japonés, y como tal es natural esta preocupación. Pero
además, el señor Shinzo Abe pertenece al sector más derechista del gobernante
Partido Liberal Demócrata, el cual considera al dictador como ejemplo vivo de un
descendiente de nipones que logra éxito en el extranjero, y como tal siempre le
ha brindado apoyo.

No hay que olvidar, por otra parte,
que el proceso de extradición del autócrata se realiza según lo fijado en el
antiguo Código de Procedimientos Penales de Chile, el mismo que establece que
una vez que la Corte Suprema ha concluido el proceso en segunda instancia, y en
caso de haberse pronunciado en favor de la extradición, queda una instancia
política a la que toca decidir la entrega, que es el Consejo de
Ministros.

De modo que si, como esperamos, la
Corte Suprema chilena defiende sus fueros y decide la extradición del sátrapa en
total independencia, siempre queda ---como bien anota el ex procurador Ronald
Gamarra--- esta instancia, en la que todo se jugará por medición de fuerzas
políticas. Es aquí donde una presión del gobierno japonés podría tener
posibilidades de éxito, y más aún si el gobierno peruano no manifiesta
particular interés en que el prófugo sea traído a Lima para el juicio que
merece. Hasta ahora el Ejecutivo ha dejado el tema, diz que para no
“politizarlo”, pero en algún momento tendrá que abandonar esta neutralidad y
asumir una postura proactiva en favor de la extradición. Eso, si no desea que
Alberto Fujimori acabe sus días nuevamente en su cómodo exilio en Tokio.■■■■■

LaRepública