En el palco o en la grada

Allá abajo, en el terreno de juego, dos bandos, de 11 hombres cada uno, tenían como objetivo dominar a una pelota por medio de patadas y así conducirla hasta el fondo de una red, ante la que procuraba hacerse fuerte el equipo del bando contrario. No eran patadas a lo tonto sino que obedecían a unos movimientos solicitados por una determinada táctica y que se desarrollaban, más o menos virtuosamente, por cada uno de esos hombres que trataban de hacerse dueños de los movimientos de la pelota. Todos ellos tenían conocimiento de cómo debían hacer las cosas, o sea del arte de dominar a esa pelota al tiempo que trataban de evitar que los contrarios se la arrebataran. Por eso había mucha gente, en palcos y gradas, tratando de deleitarse con esa demostración de buen arte que unos y otros estaban llamados a hacer.

Pero no siempre brilla ese arte en la forma esperada y hasta se da algún que otro caso en que el arte, lo bien hecho, la virtud que perfecciona la inteligencia en el conocimiento de cómo se debe manejar a la pelota en el terreno de juego, no aparece por ninguna parte. Se ha olvidado la táctica, la calidad y hasta la gracia, la agilidad, el virtuosismo de los movimientos y en su lugar se da lo torpe y negativo. En esas ocasiones el desencanto y la tristeza se apodera de quienes esperaban otro panorama bien distinto, tanto en la grada como en el palco y hasta se llega a mostrar enojo hacia quienes son los responsables de ese equipo que no ha estado, ni de lejos, a la altura de lo que de él se esperaba. Es el clamor de la grada que se eleva hasta el palco, porque en éste está quien dirige a ese equipo que tan pobre resultado da.

A veces ocurre que desde el palco no se percibe bien la fuerza de ese clamor; está demasiado lejos de la realidad que se vive en la grada y son otras las metas a conseguir, otros incluso hasta los ideales, los fundamentos de su hacer y sus compromisos. Es el momento en que hay que recurrir a la prudencia, a esa virtud intelectual que no se tuvo en cuenta antes y que ahora - con más fuerza que nunca - llama de nuevo al orden, a la sensatez, a la ponderación, al análisis objetivo en la búsqueda de la verdad, a la que antes se dejó a un lado o a la que nunca se vio porque la mente y el corazón estaban en algún que otro capricho.

Eso que se viene dando en algunas competiciones deportivas también se produce en otras manifestaciones del sentir público. Son distintas en la forma a lo de los dos equipos que se afanan por dominar a una pelota, pero la orientación del clamor es la misma; es hacia el palco, hacia donde está el órgano rector, al que se le pide la excelencia de la prudencia.

Prudencia que dice relación a todas las acciones humanas precisamente por ser humanas: las de los seres humanos libres.

Manuel de la Hera Pacheco.- 5.Febrero.2007