La vida entre el bien y el mal
(Por: José Luis Widow L., Universidad Adolfo Ibáñez, Chile, 2006-11-09)

tomado de MujerNueva.ORG

Nuestra vida se debate entre el bien y el mal. En la vida hemos de tomar infinitas decisiones, a cada momento. Si comer o no comer, si caminar o no, si decir esto o decir lo otro. Pero, ¿por qué, cada vez que tomamos una decisión o debemos hacerlo, se nos presentan ante nosotros, como imponiéndose, dos categorías: el bien y el mal?

La verdad es que siempre sería más fácil sólo actuar, como un animal que sólo come y le da lo mismo si lo que come es un gato, una planta o un hombre, pero a nosotros esto no nos es indiferente. También sería más fácil pensar o decidir de acuerdo a lo que es placentero o no lo es (es decir, doloroso). Sin embargo, no es así. Es cierto que muchas veces actuamos por placer y, aunque nuestra conciencia nos diga que no está bien, hacemos de todo para auto convencernos de que sí lo está. De hecho, en estos casos, cuando viene alguien externo a advertirnos del mal que cometemos, nos molestamos y tratamos de acallarlo. Intentamos acallar un juicio que nuestra inteligencia práctica nos indica: la conciencia moral, que en estos casos nos dice: “mal hecho”.

La conciencia es parte de nuestra propia inteligencia, aunque a veces pareciera que existiese una suerte de desdoblamiento en nosotros mismos: por un lado, el sujeto que quiere hacer o hace una cosa, y por otro, el sujeto que nos indica lo que tenemos que hacer, lo que dicta nuestra propia inteligencia (conciencia).

Existen diversas teorías morales en torno al tema del bien y el mal. Revisaremos algunas de ellas a continuación, que resultan interesantes.

La primera de ellas es el Utilitarismo. Éste nace modernamente con Jeremy Bentham (1748-1832). Su teoría identifica felicidad con vida placentera, por ende, para él, al tomar cualquier decisión, primero hay que evaluar cuánto placer, o sea, cuánta felicidad produce. Este placer no significa sólo el propio placer, sino el placer general, esto es, para el mayor número de personas.

“Se debe aprobar o desaprobar cualquier acción,
de acuerdo con la tendencia que parezca tener
a la felicidad de las partes interesadas”
(J. Bentham)

Bentham afirma que, si cada uno sabe lo que le place, cada uno conoce su felicidad o la felicidad que quiere alcanzar. Según esto, se debe, entonces, dar total libertad al ser humano para que actúe en orden a maximizar su propio placer, en ausencia de cualquier coacción, ya sea el Estado, la Iglesia o los moralistas.

Otro famoso utilitarista, John Stuart Mill, se hace cargo de ciertas críticas que se le formulan a Bentham, que en resumen, afirman que, si la vida está hecha para el placer, entonces no habría diferencia entre la vida humana y la vida de un cerdo. John Stuart Mill refuta que la crítica no es válida, puesto que el hombre puede acceder a muchos más placeres que el cerdo, por lo tanto, el principio de utilidad sigue siendo válido para el ser humano.

El Principio de Mayor Utilidad, dice que “el fin último por razón del cual son deseables todas las otras cosas, es una existencia exenta de dolor y abundante en goces, en el mayor grado posible, tanto cuantitativa como cualitativamente”. Sin embargo, si esto fuera así, estaríamos poniendo como criterio para actuar, una consecuencia de nuestras acciones (el placer. El problema es que no siempre conocemos lo que va a pasar luego de una acción. Hay consecuencias que no son inmediatas y que, por lo mismo, no son previsibles antes de cometer una acción. Ejemplo: un alumno pide, a nombre de sus compañeros, aplazar una prueba para la tercera semana de noviembre, porque ésta, tienen muchas cosas que hacer. El profesor acepta y podría ser que la tercera semana tienen más cosas y se agobian mucho más. Eso no lo podían prever antes de pedir correr la fecha de la prueba. De acuerdo a eso, la acción del alumno habría sido mala.

Frente a este problema, el utilitarista Franz Bockle, afirma que la acción moral sólo se mide por consecuencias previsibles, pero además, las intenciones del que actúa deben recaer (coincidir) con la consecuencia positiva. Ejemplo: si el alumnos pide cambiar la prueba para que dos alumnos no se puedan ir de vacaciones la tercera semana de noviembre y no para aliviar a sus compañeros esta semana, es una mala acción.

El utilitarismo, en definitiva, es una moral de cálculo, de consecuencias, en la que cualquiera (un tercero), podría medir la bondad o maldad de un acto, cuando éstos se miden en primera persona.
Reflexionamos antes de actuar, pero no sabemos las consecuencias de nuestro acto y no podemos evaluar la bondad o maldad de una acción sólo hasta después de haberla realizado, lo cual es un riesgo. He ahí el dilema. El utilitarismo, al poner las consecuencias como criterio de discernimiento para determinar si una acción es mala o es buena, se está basando en algo distinto a la acción misma, extrínseco a ella, de modo que las acciones no serían buenas o malas en sí mismas. Sin embargo, nuestra conciencia nos dice lo contrario. Nos preguntamos, entonces: ¿es legítimo matar a un hombre para salvar la vida de muchos otros?, ¿mentir para dar una buena imagen?, ¿robar para hacer feliz a mi hijo con un juguete nuevo? Estas acciones sí serían legítimas, si pensamos utilitariamente, pues las acciones no serían buenas o malas en sí mismas. Pero la realidad es otra: la realidad es que las acciones sí son buenas o malas en sí mismas; así nos lo dicta la conciencia. Por lo tanto, el utilitarismo va en contra de la conciencia moral y elude el problema del bien y del mal.

Otra forma de enfrentar el problema del bien y el mal, aunque más radical, es la filosofía de Friedrich Nietzche (1844-1900).

Nieztche, al contrario que el utilitarismo, no elude el problema del bien y el mal, sino que lo enfrenta y, es más, lo pretende aniquilar. Él tiene una idea de hombre que se define por su carácter fisiológico, es una naturaleza como cualquier ser vivo y, en ese sentido, todo lo que no corresponda a las fuerzas de la naturaleza, es una agregado extra.

Para Nietzche, la voluntad no es propia ni exclusiva del hombre, sino que la posee todo ser vivo, y consiste en esa fuerza que no solamente lleva al ser a auto conservarse, sino también a predominar sobre el resto (ley de la selva). Se manifiesta como tendencia al crecimiento, a desbordar su propio ser y hacerse dueño de lo que lo rodea. Estas pulsiones gobiernan al hombre. (1) En este sentido, la voluntad supone cierta carencia, un defecto, pues el hombre siempre puede ser más. Por lo tanto, para Nietzche la libertad no es el libre albedrío, sino la espontaneidad de acción. El hombre libre es quien avanza y avanza para predominar y agrandarse, sin pensar en las acciones. Nietzche afirma que quien reflexiona antes de actuar es un esclavo que vive de valores que otros han impuesto otros. El hombre verdaderamente libre es creador de valores, no se detiene a pensar si su acción es buena o mala. Con sus acciones hace sus propias leyes. De ahí la crítica de Nietzche al mundo moderno y al cristianismo. La sociedad cristiana es, para él, la sociedad de esclavos por excelencia. En Nietzche, acción voluntaria e instinto se identifican.

Y ¿qué pasa con la conciencia, que pareciera actuar con independencia de nosotros mismos? Para él, es el cristianismo el que nos ha obligado ha pensar en bien y mal antes de actuar. Dice: “La virtud, el deber, el bien en sí, entendido con su carácter de impersonalidad y de validez universal – ficciones cerebrales en que se expresan la decadencia, el agotamiento último de las fuerzas de la vida, la chinería koenigsberguense. (2) Lo contrario es ordenado por las leyes más profundas de conservación y del crecimiento: que cada uno se invente su virtud, su imperativo categórico (3)”. Quien vive de esta última manera es lo que Nietzche llama el Superhombre.

Nietzche se opone a las ideas de Kant (incluso ironiza en torno a ellas), que tiene una filosofía transversalmente distinta. Kant representa también, el otro extremo del utilitarismo. Habla de una moral desinteresada, es decir, que no piensa en las consecuencias. Esto le quita contenido a la acción, porque cualquier acción en concreto tiene necesariamente consecuencias. Kant afirma que sólo se han de realizar acciones cuyo principio de acción (lo que me mueve a hacerlas) pueda ser usado por cualquier hombre en cualquier situación, lo que él llama el imperativo categórico. De esta manera, este filósofo sólo es capaz de hablar de teoría, pues si se pronuncia en cuanto a materia moral, su teoría se cae. Para él, si un principio de acción no es aplicable a cualquier hombre en cualquier momento, entonces la acción es mala.

Friedrich Nietzche, de hecho, se burla, a veces grotescamente, de Kant. Se enfrenta a él, a su teoría. Nietzche no elude el tema del bien y el mal, como el utilitarismo, sino que simplemente lo aniquila. “Por su procedencia, la moral es la suma de condiciones de conservación de un pobre tipo de hombre fallido, en parte o completamente”(Nietzche, F., El Nihilismo)

Otro personaje que sería interesante destacar en este tema es el fundador de la sociología, Emile Drukheim(4) (1858-1917). Él asevera que “no se puede decir que un acto hiere a la conciencia común cuando es criminal, sino que es criminal, sino que es criminal porque hiere la conciencia común. No lo castigamos por ser un crimen, sino que es un crimen porque lo castigamos” (Durkheim, F., De la División del Trabajo Social).

Cuando Durkheim se topa con la frontera del bien y el mal, dice que ella no existe, sino que la construye el hombre y la destruye también, para construir otra, dependiendo de lo que se conciba como bien o mal en un momento dado. Esta idea sólo difumina la experiencia personal más básica del hombre y soslaya el problema del bien y el mal.

Una postura frente al bien y el mal que tuvo suma importancia durante el siglo XX, fue la de Jean Paul Sastre. Él es la cabeza del Existencialismo Ateo.

“Entonces, ¿es éste el bien?
Marchar suavemente, siempre suavemente.
Decir siempre Perdón y Gracias…,
esto es el bien, su bien” (Les Mouches)

Las otras posturas tienen una idea fundamental que es base de todo lo demás que afirman: la idea de que bien y ser se identifican. Es bien todo lo que es. Esta idea, con Sastre, se cae. Él funda su moral en una rebelión frente al bien. (5)

Para Sastre, el ser conoce el bien, pero no lo acepta. “El ser no puede afirmarse como ser más que en contra de su creador” (Les Mouches). El hombre (como todas las cosas) tiene el ser porque le fue dado, pero no porque lo quisiera, y contra eso es que se rebela. El ser toma conciencia de que es, de que es inevitable ser, pero no quiere ser. Se vive así, en la más radical angustia. La libertad sólo puede entenderse como rebelión. Hombre es esclavo de su propio ser. La angustia es el sentimiento del hombre, para Sastre. La libertad va a consistir en hacerse permanentemente, sin ningún parámetro más que la propia libertad, sin referencia a nada que tenga un ser determinado y, sobre todo, sin referencia al bien y el mal.

Esta manera de ver al hombre tuvo gran influencia en los 50’s y 60’s, sobre todo en los círculos más cercanos a Sastre, provocando incluso suicidios colectivos. Al final, lo que mover al hombre es el odio, primero a sí mismo y luego, por consecuencia, a los demás, dice Sastre al final de Les Mouches (Las Moscas).

Una filosofía moral debe responder a ¿qué es la conciencia?, ¿qué es el bien y el mal para el hombre?, ¿cuál es su relación con la libertad?, ¿por qué nos responsabilizamos de nuestros actos?, etc. En fin, debe responder a nuestra experiencia: a nuestra experiencia de la responsabilidad, de la libertad, de la conciencia… eso es experiencia moral, que quiere cualquier hombre, que todo hombre vive, porque es de naturaleza moral.

“¿Qué es lo que hace buena a una acción?”… ésa es la pregunta que debemos hacernos, el cuestionamiento central. Pareciera que hay acciones que en sí mismas tienen algo que, independiente de sus consecuencias, las hace buenas y que, por lo tanto, deberíamos hacer. Así como también pareciera que hay actos que siempre están vedados, como por ejemplo, matar directamente(6) a un ser humano, en cualquier circunstancia es malo. Pero ¿qué es lo que hay en la acción, que nos dice que debemos o no cometerla?

Quien recoge todo esto es Aristóteles (siglo IV a.C.). Al comenzar su Ética a Nicómaco, dice: “toda acción o libre elección parece tender a algún bien; por eso se ha manifestado con razón, que el bien es aquello a lo que todas las cosas tienden. Sin embargo, es evidente que hay algunas diferencias entre los fines, pues unos son actividades y los otros, obra aparte de esas actividades”.

Para Aristóteles, entonces, hay dos tipos de acciones:

1. Las que vamos a juzgar como buenas o como malas, según la obra que queda de ellas. Ej: juzgamos a obra del carpintero según cómo le quedó la mesa. Éstas son las acciones técnicas (techné).

2. Las acciones cuyo fin está en sí mismas. Ej: logro el fin de ser justo, precisamente realizando acciones justas, incluso más allá de las consecuencias. Si las consecuencias son malas, por un error inadvertido, mi justicia no se daña. Estas acciones se llaman prácticas (praxis). El fin se alcanza con la acción y en la acción. Por eso Sócrates decía “es mejor padecer la justicia que cometerla”.

Y es que las acciones prácticas califican a la persona que realiza la acción, no así las técnicas. Puedo juzgar qué tipo de persona es alguien, por sus acciones prácticas (obviamente está mal juzgar conciencia, pero sí podemos saber de una persona… no es normal vivir exentos de cualquier juicio moral de otra persona). Conocer mucho a una persona es conocer directamente su actividad. Nos conocen así solamente los amigos… o los enemigos, cuando son por causas personales.

Para saber si una acción es buena o mala, tenemos que ver qué bien, en sí misma, la acción realiza. Eso es el objeto moral. Ej: dar limosna realiza, en sí misma, el bien de ayudar a un pobre.

“Del mismo modo que la primera bondad de una cosa natural se aprecia por su forma, que le da la especie, así también, la primera bondad de un acto moral se aprecia en su objeto conveniente”. (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae). También existe un objeto conveniente, del que nos habla Santo Tomás, que es el fin que yo persigo, mi intención. Éste debe coincidir en bondad con el objeto moral. Ej: matar a un enfermo de apendicitis para, con sus órganos, salvar a otros diez enfermos terminales. A pesar de que mi fin puede ser bueno, éste no hace buena a la acción, porque ella es, de por sí, mala.

Ante un acto, las intenciones pueden ser infinitas. La intención es relevante para la moral, pero ella ha de considerar el fin propio de la acción. Para actuar bien, debemos hacer concordar nuestra intención, con el fin inherente de la acción. Ej: dar limosna para ostentar es una acción mala, pero para ayudar, es buena.

Pero hay un tercer elemento: la circunstancia. Para que una acción sea buena, tanto intención como objeto han de ser buenos, mas no basta con eso. Es que uno no actúa en teoría, en abstracto, sino en concreto, en un contexto (circunstancia). Una circunstancia no puede hacer buena a una acción cuyo objeto es malo, pero sí puede hacer mala una acción cuyo objeto es bueno. Ej: dar limosna con el dinero que tengo para alimentar a mis hijos es malo.

Hay diversos tipos de circunstancias:
- cuándo: el momento en que se actúa. Ej: hacerle una pregunta al Padre mientras está predicando.
- dónde: el lugar donde se comete la acción. Ej: hablar por celular en medio de una clase.
- cómo: el modo como se realiza Ej: pedir perdón de mala manera sólo porque el papá te obliga.
- quién: el sujeto que realiza la acción. Ej: Que un alumno se ponga a dar la clase, en vez del profesor.
- Con quién: Quiénes acompañan la acción: Ej: hablar de un tema de adultos con los niños.
- Qué es lo que se produce. Ej: dar una mala noticia a una persona que no está preparada probablemente le va a provocar un shock. (7)
- Con qué medios. Ej: hacer un donativo con el dinero de la colegiatura de mi hijo.

La acción es buena cuando concurren en ella todas estas cosas: fin (intención del agente), objeto y circunstancias.

Aristóteles afirma que las acciones van decantando en la persona y van transformando hábitos (virtudes o vicios) que constituyen el ethos de la persona (su manera de ser. De ahí la palabra ética).
Ej: mentiroso es aquél que habitualmente miente, aunque todos hemos mentido alguna vez. Caritativo es aquél que habitualmente practica la caridad.

La persona virtuosa es aquélla que actúa bien aún cuando no le conviene, formando un ethos que lo hace buen hombre. El buen hombre es quien sabe gozar, sabe sufrir, sabe interesarse por él, sabe interesarse por otros, pero todo con medida. Virtud es, para el Filósofo(8) , un justo medio. Ej.: el generoso no es ni egoísta ni despilfarrador.

Pero nos preguntamos, también: ¿de dónde sale el fin propio de la acción? Es aquí donde aparece la teoría de las inclinaciones naturales de Santo Tomás de Aquino. El hombre, a diferencia de los animales, puede actuar en función de su bien, pero también en función de su mal. Su bien es todo aquello que tiende a la auto conservación de su ser y también de otros seres, como los hijos. Pero también hay fines que son propios de él, según la inclinación de su propio ser humano: a conocer la verdad, a vivir en sociedad (¿hay peor vida que la vida sin amigos?, decía Aristóteles), a conocer la verdad acerca de Dios. Todo esto, por supuesto, con su proporción, con su justa medida. Así, el hombre se hace, a sí mismo, bueno.

“La sabiduría no consiste en moderarse por horror al exceso, sino por amor al límite”
Nicolás Gómez Dávila(9)


La vida moral no consiste sino en acrecentar el ser. Será bueno todo lo que lo acreciente y malo lo que lo decreciente. Lo malo moralmente es también desmoralizador, pues destruye su propio ser y no lo deja crecer
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(1) Esta idea será luego tomada por Freud como base de su Psicoanálisis.
(2) Refiriéndose a Kant.
(3) idem
(4) Sus ideas nos mostrarán que la sociología, a juicio del profesor, nace “mal parida”.
(5) Lo que puede hacer incluso peor que la teoría de Nietzche… mucho más macabro.
(6) Directamente quiere decir con la intención directa de matarlo.
(7) Ojo: esto es sólo una circunstancia, y el utilitarismo lo toma como lo esencial en la acción.
(8) Cuando se habla del Filósofo, nos referimos a Aristóteles. Así se usa en la tradición Aristotélico-tomista.
(9) Gómez Dávila, Nicolás, Escolios de un texto implícito.

Tomado de Andalucía Liberal

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