CÓRDOBA
La historia es inquilina de rincones,
antorcha de un pasado entre las sombras.
Por calles sinuosas el caminante
emprende un laberinto de leyendas.
Un mediodía de tapias encaladas,
el sol clava su diente en el empedrado.
Alguna mano recoge el frescor entre los dedos
del agua en el tazón de cualquier fuente.
La siesta es obligada transición, pausa,
silencio calmo entre las celosías.
En el atardecer violáceo dormitan los nenúfares,
se reflejan menudos cuerpos de palomas en el estanque.
Llega la noche, un resplandor dorado juega en las copas,
la brisa trae estelas de azahar, el cobre de la luna.
Caen en la plaza como blancas estrellas los jazmines.
Los amantes son el contraste pasajero, furtivo
sobre las viejas murallas,
palpita en las piedras su pasión, deja su marca.
La voz de la lechuza, la dama de noche,
el nimbo lunar y el pálido mármol,
todo podría trasladarnos a otra época
dormida entre la hiedra y esperando.
María José Collado
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