¿Puedo ir a tu casa?

Juan Pablo Rendón Marín

Cuando era pequeño me imaginaba el cielo de una manera sobresaliente. Pensaba que desde el primer día en el cielo ya no tendría que pagar los dulces que quisiera comer. Que podría dormir todo cuanto quisiera y que mi cama no sería un colchón ordinario, sino una nube grande y cómoda; que allí no tendría que soportar las clases, ni las tareas de las materias que no me gustaban. Me imaginaba rodeado de mis mejores amigos, desde mi hermano, hasta los actores más famosos de las películas. Entonces viviría en un Walt Disney eterno, diversiones sin fin.

Ahora que soy un poco más grande he matizado mis ideas, pues aquellas eran de niño. Pero lo que no ha cambiado es mi certeza en la realidad del cielo.

¿Existe el cielo? Esta es una muy buena pregunta para la modernidad. Son bastantes las personas que lo niegan, que no creen en esta “leyenda”. Si ellos tuvieran la razón significa que muchos nos encontramos engañados y que moriremos en una mentira. Si estas personas tienen la verdad brillaría la conclusión que la Iglesia católica ya no tiene sentido, pues lo que ella busca es llevar a los hombres al cielo. Si el cielo no existe: ¿para qué el Papa? ¿Para qué los templos? ¿Para qué los sacerdotes?

Bajemos a la lógica, bajemos a la realidad. Actualmente los católicos somos alrededor de mil millones. Si sumamos el número de creyentes que ya han muerto durante más de dos siglos de existencia de la Iglesia católica nos resultaría un número exorbitante.

Bien, pues toda esta cantidad de personas han vivido con la certeza de la realidad del cielo. ¿Parece coherente que de un momento para otro neguemos aquello que nuestros padres y muchas generaciones atrás defendieron incluso con la vida?

Frecuentemente llego a la conclusión de lo absurdo que es negar el cielo. ¿Tiene sentido vivir ochenta años para después desaparecer completamente? La tierra tiene la edad de cuatro mil millones de años y yo solo vivo ochenta; no encuentro lógica ¿Dónde han quedado las otras personas? Los que han tenido una mente brillante, la gente sencilla, los soldados, los que han perdido la vida por otros ¿dónde están? Debe haber algo después, todo esto no puede quedar en nada.

Por esta misma razón bajó Dios a la tierra hace dos siglos. Que Dios mismo se haya hecho hombre, bajando hasta su creación, nos debe poner a pensar ¿por qué lo hizo? Él vino para ofrecernos una esperanza.

Sin embargo estamos en una sociedad que se hace llamar civilizada. En cierta parte tiene razón, pues la ciencia ha ganado muchos avances y ha hecho que la vida sea más llevadera, pero a veces perdemos lo esencial; el sentido del hombre. En este punto nos superan los primeros habitantes de la tierra, pues el neandertal, en el paleolítico superior, ya tenía sus intuiciones acerca de la vida del más allá. En esto sí nos ganan.

Aún así, sé que muchas personas seguirán obstinadas en su forma de pensar y seguirán negando la existencia del cielo. Tengo para ellos un consejo, pues es fácil creer en Dios, creer en el cielo. El consejo es: si mueres creyendo en el cielo y te enteras de que no existe, no pasa nada, todo se acabó. Pero si te enteras de que efectivamente no era un cuento, disfrutarás de lo que jamás has disfrutado, y lo mejor es que será por tiempo indefinido.