“[Lo que oculta la eutanasia]
El respirador artificial y la cultura de la vida”
articulo de juan dominguez en www.aceprensa.com,
miercoles 25 de octubre de 2006
Las campañas pro eutanasia suelen basarse más en casos límite que en argumentos y datos. El último caso transformado en acontecimiento mediático en España es el de Inmaculada Echevarría, de 51 años, enferma de distrofia muscular progresiva, postrada en una cama de hospital de Granada y que depende de un respirador artificial para vivir. Sin padres desde los 25 años, su vida ha transcurrido en hospitales. Cansada de lo que califica como una vida que "no merece la pena", se comprende el drama que sale a la luz con su petición de que se le retire el respirador artificial.
Rechazar un medio terapéutico extraordinario y dejar que la naturaleza siga su curso no tiene porqué asimilarse a la eutanasia. Pero, como advierten los especialistas, la demanda de eutanasia del enfermo terminal revela a menudo un deseo de que se les administre otro tipo de cuidados o de que se les preste una atención que les permita superar su frustración.
La propia enferma confiesa que: "Es peor la soledad que el dolor físico". "Mi vida está llena de vacíos. De silencio". A medida que se van conociendo detalles, se advierte que no ha encontrado un apoyo en lo que queda de su familia.
Tiene un hermano que vive en otra ciudad, y con el que no mantiene contacto. También ha aparecido un hijo de 26 años. El padre murió en accidente de tráfico cuando el niño tenía ocho meses. La madre tuvo que darlo en adopción porque la enfermedad le impedía cuidarlo sola. El chico, indagando en sus orígenes, la descubrió hace dos años y fue a conocerla a Granada. Para el hijo fue un choque psicológico, y ya no hubo más contacto. Ahora el hijo dice que "a lo mejor yo no me he comportado como debía estos dos años, pero puede ser el momento de cambiar". Le ha pedido que no siga adelante con su deseo de morir y dice que le gustaría pasar más tiempo con ella.
Los que han acudido al olor de la muerte y de las cámaras de televisión han sido los de la asociación Derecho a Morir Dignamente, tan prestos como siempre a utilizar una desgracia para impulsar su causa. En algún momento parecía que los de la DMD se erigían en portavoces de la enferma, con sus ruedas de prensa y su estrategia sobre lo que había que hacer. Quizá esto ha sido contraproducente, pues las últimas noticias indican que Inmaculada Fernández y su abogado han decidido desvincularse de la DMD.
En medio del barullo mediático, no conviene perder de vista quién se ha ocupado realmente de la enferma en todos los años que lleva en Granada. Primero vivió una década en una clínica llevada por religiosas y ahora está desde hace nueve años en el hospital de San Rafael de la orden de San Juan de Dios. Y nadie ha negado la calidad de la atención médica que recibe. En definitiva, quien se ha ocupado sobre todo de ella han sido instituciones de esa Iglesia católica a la que algunos reprochan su rechazo de la eutanasia. Quien ha paliado en lo posible su dolor han sido miembros de esa Iglesia a la que se le acusa falsamente de querer prolongar inútilmente el dolor del enfermo terminal. Han sido ellos los que, sin presencia de las cámaras, le han dedicado toda su atención para que viviera dignamente. Y esta cultura de la vida es más necesaria que un respirador artificial para que en la sociedad exista un clima que facilite acompañar a los enfermos hasta el final.


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