NO MATARÁS SOBRE LAS CÉLULAS MADRE
http://www.solidaridad.net/noticias.php?not=4074A estas alturas supone un gran desconocimiento científico pensar que el embrión es un simple amasijo de células sin ningún otro valor. Se trata de un individuo humano, aunque con la mayoría de sus capacidades sin desarrollar.
Por Francisco José Ramiro
En el mes de julio estuve conviviendo unos días con el profesor Jorge de Aquino que trabaja en un grupo de investigación del Karolinska Institutet de Estocolmo. Su campo son las células madre.
Me hablaba de lo mucho que se ha avanzado en su investigación, y sin embargo lo poco que se conoce todavía de su mecanismo de acción. En concreto, con las células madre embrionarias, aunque se ha intentado, no se las ha podido utilizar todavía en ninguna terapia, por el contrario, las adultas están ya usándose con bastante éxito a nivel experimental, aunque sin saber muy bien cómo funcionan.
También me comentó que él, en su trabajo, había hecho una opción por el respeto a la dignidad del embrión, y por eso no investigaba destruyendo embriones ni siquiera para obtener células madre embrionarias.
La cuestión ética de la utilización de células madre está aquí: en su origen. Las células madre llamadas adultas se obtienen de individuos adultos, y por tanto no provocan ningún daño. Que nos quiten unas células de la piel, o de músculo, no supone ningún problema. En cambio las células madre embrionarias proceden del embrión, y quitárselas sí que les produce daño. En concreto el embrión muere.
Otra cosa es la cuestión biológica que científicamente es bastante más confusa como decía antes. Pero además es que continuamente aparecen nuevos descubrimientos. Se van conociendo nuevos depósitos de células madre en los adultos, y se van descubriendo células madre en ellos que sin embargo tienen características muy similares a las embrionarias. En este sentido lo único que pide la ética es que la investigación sea correcta, es decir, que se sigan los protocolos adecuados, que la información sea veraz, y que no ocurra como de hecho está ocurriendo en ocasiones, que se fomentan esperanzas, sin apenas base real.
Volviendo a la primera cuestión ética sobre el origen de las células, hay que decir que no se trata de una cuestión baladí. En efecto, el trato que damos al embrión es importante para configurar la visión que tenemos de nosotros mismos. Incluso se puede legislar, como ha informado que piensa hacer el gobierno español, permitiendo una amplia gama de acciones sobre el embrión, en su mayoría fatales para él. Sin embargo, continuará siendo cierto que lo que hagamos con el embrión marcará el valor de nuestra propia vida.
A estas alturas supone un gran desconocimiento científico pensar que el embrión es un simple amasijo de células sin ningún otro valor. La ciencia ha mostrado que el comportamiento del embrión es el que corresponde a un individuo de cualquier especie, y que por tanto caben pocas dudas de que no se trate de un individuo humano.
Se trata de un individuo humano, aunque con la mayoría de sus capacidades sin desarrollar. Las tiene, pero sólo en la potencia de los genes. Él mismo, en interacción con el entorno, se encargará de desarrollarlas.
En mi opinión, aquí es donde, de hecho, se hace la opción ética. ¿Se le reconoce como persona tal cual es? ¿Se retrasa el otorgarle la categoría de persona a que haya desarrollado determinadas capacidades?
Si se opta por la segunda opción, inmediatamente surge otra pregunta, ¿qué capacidades son las que vamos a exigir que estén activas para poder reconocer a alguien como persona? Téngase en cuenta que la respuesta va a influir no sólo sobre la consideración del embrión, sino también sobre cómo trataremos a cualquier adulto que en un momento determinado pueda ser incapaz en esos aspectos definidos.
La alternativa se establece, por tanto, entre reconocer al individuo humano como sujeto de derecho por el hecho de serlo, o ponernos de acuerdo en sociedad sobre qué vamos a exigir para que alguien tenga el reconocimiento –y los derechos anejos- de persona.
Una u otra opción nos conducen a tipos de sociedad totalmente distintos.
Autor: revista AUTOGESTIÓN- Fecha: 2006-08-01


Mira por donde hay alguien que nos defiende. Soy un pobre embrión desolado, vago por el mundo de puerta en puerta buscando alquien que me quiera y sólo me dan calabazas. Pasé por una casa en la que me dijeron: estás analizado, tu piel es negra y nosotros lo queremos rubio y con ojos azules, osea que vete fuera. Dando tumbos, como se entiende que puede andar un embrión pequeñito, llamé a la puerta siguiente: estaban haciendo deporte con la bicicleta estática, tomando yogures de esos sin grasa, cervezas sin alcohol y esas cosas: me miraron con atención, la niña dijo: mamá ahí una mota de polvo. Que no hijita: que es un embrión colesterótico, échalo afuera por si lo quieren los gordos de enfrente. Pensé que esos gordos eran más cariñosos y fui ufano a llamara a su puerta. Mira: un aprendiz de niño que se asoma por ahí, díle que no llegamos a fin de mes por la factura de helados y dulces; ¿pero si es tan salado? Que lo congelen si quieres y luego veremos si sirve para algo. Salí corriendo de ahí, a mi no se me hiela, que sonriendo y todo es difícil que salga de ahí sano. Me topé con unos que venían en patera, pero me dijeron: ya nos gustaría acogerte, pero nos han dado una subvención condicionada al control de natalidad obligatorio, mejor que te vayas. Llegué a la China, pero soy embrión de niña y si ahí se enteran me atrapan con el matamoscas. Estoy dando tumbos intentando no entrar en el único sitio en el que me acogen: pone en grandes rótulos laboratorio de técnicas avanzadas, pero ahí a los que son como yo o los diseccionan, los hacen multiplicarse como locos para volvernos a fragmentar e, icluso, nos mezclan con ratas: dicen que es por experimentar, pero no he visto ninguno de ellos con rabo o con bigotes y diente de roedor, y si ellos no juegan a ese juego, tampoco me fío.
Al fin miré por una ventana, ví un grupo bullicioso de niños alrededor de una mamá sonriente, entré y me hice el encontradizo. Ahí me hicieron nacer con amor. Lo anterior es un paseo que me dió el Creador para que tuviese claro la dicha que tengo de haber nacido, aunque tenga rotos los zapatos, aunque mis juegos sean usados y la ropa, toda, de segunda mano.
El embrión feliz.