Acoso al PP
Pablo Sebastián
http://www.estrelladigital.es/a1.asp?sec=opi&fech=20/07/2006&name=manantial
El Partido Popular ha denunciado una campaña de acoso en la calle a sus dirigentes y ha señalado al secretario de Organización del PSOE, José Blanco, como responsable de los altercados ocurridos en las últimas semanas, en los que se ha visto envuelto y acosado su líder, Mariano Rajoy, como ocurrió durante la campaña del referéndum del Estatuto de Cataluña, o más recientemente en Zamora o Guadalajara. Y puede que sea cierto que el lenguaje bronco y muchas veces insultante o conminador de Blanco porque el PP no hace lo que ellos quieren esté en el origen de estas situaciones, porque imaginar que las acciones contra el PP son producto de una calculada estrategia, como lo ha denunciado Ángel Acebes, sería mucho más grave e impropio de un fuerza política democrática.
En todo caso, el acoso debe cesar, aunque la protesta sin agresión es legítima, como lo ha sido en otras ocasiones contra el presidente Zapatero o su ex ministro Bono, como es bien conocido. O como le ocurrió a Gallardón —a instancias de la COPE— durante la última concentración de las víctimas del terrorismo en Madrid. Pero una cosa es gritar o protestar, o manifestarse, y otra bien distinta es provocar actos con intimidación o con violencia como ha ocurrido en Barcelona o recientemente en Zaragoza y Guadalajara. O como pasó en la víspera de las elecciones del 14M, cuando los manifestantes del PSOE rodearon varias de las sedes del PP con gestos y gritos amenazantes.
El derecho de manifestación no puede derivar en derecho de agresión, y menos cuando esos actos emanan del partido que ostenta el poder y que tiene en sus manos ni más ni menos que la violencia legítima del Estado y el control de la fuerza pública para poder impedir todo altercado. Especialmente en estos momentos de serias divergencias entre los grandes partidos, o cuando el Gobierno hace la vista gorda sobre los actos ilegales de Batasuna y fuerza acosos partidarios espontáneos o premeditados, a los que no son ajenos los agitadores políticos como el citado Blanco, que ha convertido su cargo de responsable de Organización del PSOE en un púlpito para insultos y descalificaciones, que en cierta manera emanan del Gobierno porque es su partido quien ocupa el poder, lo que hace todavía más grave estas situaciones.
Las que se iniciaron con el famoso Pacto del Tinell, donde los nacionalistas radicales de la Esquerra obligaron al PSOE a un pacto de aislamiento del PP, lo que está en el origen de muchos de estos espectáculos.
También el PP, y su entorno mediático más provocador como el que controla y depende de la Conferencia Episcopal, debería practicar la prudencia, y quizás replantearse la que ha sido hasta ahora su estrategia de llevar a la calle —que siempre comporta riesgos— sus discrepancias con el Gobierno. Entre otras cosas porque en esas convocatorias son los sectores más ultras y extremistas los que se alzan con el protagonismo y los que al final acaban dando una imagen del PP muy lejana a la moderación y al centro político.
Cabe esperar que las vacaciones del verano van a facilitar un paréntesis en la espiral de la crispación política. Pero en todo caso no estaría de más, sino todo lo contrario, que el presidente Zapatero y secretario general del PSOE tomara cartas en el asunto y diera en su partido, con mensajes claros a la UGT, las instrucciones necesarias para que no se vuelvan a repetir estos acontecimientos. Sobre todo porque se acerca un curso político muy especial y electoral, y si la tensión callejera se traslada a las campañas electorales en ciernes, como ocurrió con el Estatuto catalán, este problema ahora incipiente podría derivar en una crisis de mayor envergadura que, desde ahora, hay que evitar.


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