Santiago Carrillo o el asesinato impersonal
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28 de junio de 2006. ZP frotó la lámpara fratricida y empezaron a volar espíritus de muerte y resentimiento. Uno muy reputado es Santiago Carrillo, abucheado ayer en la Universidad de Sevilla, que la otra tarde declaraba en Radio Poder: "El señor Otegi, cualquiera que sea su pasado, y los dirigentes de ETA que han hecho la propuesta de negociar la paz (…) cualquiera que sean sus crímenes, están mostrando más sentido de la responsabilidad que esos dirigentes del PP que quieren a toda costa que en España siga asesinándose, matándose y que no haya paz". ¿Asesinándose? Pero aquí sólo asesinan unos, y no precisamente los dirigentes del PP.
Es notable el carácter impersonal que Carrillo da al verbo, como quien quiere ocultar el sujeto. "Asesinándose": o sea que en la vida "se asesina" como llueve o anochece, por ritmo cósmico, sin que nadie en concreto sea responsable de los crímenes, sin culpables. En España "se asesina", es decir que uno sale a la calle y en el aire, junto a la contaminación y al polvo, flota el asesinato, como un virus inaprensible. No es que alguien asesine, no: simplemente, se asesina. No hay un culpable a quien juzgar y condenar. Como no hay culpable, como el asesinato es impersonal, huelga introducir en la cadena lógica el dato de la autoría. Al revés, denunciar al asesino sería poner en peligro la paz. ¿No es repugnante?
El recurso al verbo impersonal es un viejo truco de los grandes criminales políticos: "En la revolución pasan esas cosas", "son los inconvenientes del progreso", "es el precio de la marcha de la Historia". La muerte es un accidente, quizá fastidioso, pero inevitable y, en todo caso, impersonal: "Asesinándose". Carrillo conoce bien esos argumentos. Sabe muy bien qué significa matar en masa, impersonalmente. Durante largos años ha servido a una ideología y a un régimen extraordinariamente criminales. Son cosas que ya habíamos preferido olvidar, pero nos las ha recordado este espectro siniestro que resurge desde el fondo de sus rencores.
En El cero y el infinito de Koestler, el atribulado Rubachof, jerarca rojo caído en desgracia, declara: "La Historia no tiene escrúpulos ni vacilaciones. Inerte e infalible, corre hacia su fin. A cada curva de su carrera deposita el fango que arrastra y los cadáveres de los ahogados. La Historia conoce su camino. Nunca comete errores. El que no tiene una fe absoluta en la Historia no debe estar en las filas del Partido". Hace ya tiempo que Carrillo cambió de partido, pero es claro que no ha cambiado de mentalidad.
Rubachof, en la novela de Koestler, termina aceptando su propia ejecución. Son los inconvenientes de pensar que el crimen es un accidente impersonal, un tramo del proceso, sin culpabilidad moral por medio. Cuando dejamos de reconocer dónde está el mal, cuando rehusamos señalar al asesino, todos entramos en la categoría de candidatos al cadalso.
(Cierto, cierto: los hay que tienen querencia al lado del verdugo).


Remón
28 jun 2006 | 11:46 AM
Creo que una vez que has asesinado, como Carrillo, tienes un concepto distinto de la muerte; de la muerte de los demás, claro.
Son tantos años disculpándose por los asesinatos que los vuelves abstraptos e impersonalizas a los asesinados.
Dadá
29 jun 2006 | 08:21 AM
A propósito del tal Rubachov que según dices aceptó su propia ejecución, me viene a la memoria algunos de los pasajes de Archipiélago Gulag, en los que Solhenitsyn (se escribe así ¿verdad?) describe cómo muchos miembros del partido comunista ruso, se mostraban (a los pies del cadalso) más apesadumbrados por haber perdido el favor del partido, que por su propia muerte.
De hecho, en el Archipiélago, al parecer, abundaban los antiguos dirigentes comunistas que se declaraban inocentes a pesar de haber firmado (sin necesidad de ser torturados) la "confesión" que les inculpaba a muerte, a decenas de años de cárcel, a 25 años de trabajo forzado...
Se excusaban diciendo que firmaron tal confesión de buen grado por el bien del partido y su reputación revolucionaria.