La ropa interior y la mujer.
Cada año, por esta época, una comienza a cruzarse con un tropel de mujeres que parecen regirse bajo el lema: "A ver quien enseña más sin cortarse". Empiezan a llamar la atención quienes se cubren los hombros, el ombligo o los senos, ya que consideran que el arte de la seducción poco tiene que ver con la provocación ramplona.
No comprenden a Platón y su: "Otórgame la belleza interior y haz que mi exterior trabe amistad con ella", aún menos a Jesucristo: "Todo aquel que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón". ¿Será que persiguen un adulterio colectivo?
Qué pena causan las féminas que sólo desean ser deseadas, despejados sus propios méritos y virtudes del horizonte de la conquista. Lo carnal desligado de lo espiritual como arte de seducción, no deja de ser un modo muy primitivo de procurar el emparejamiento y los resultados suelen ser costosos y efímeros.
Qué flaco favor ha hecho la ropa unisex a la identidad sexual de la fémina.
Cómo las modas de hoy, por medio de la desnudez total (el top less), parcial o preludiada (ceñidos, escotes, cortes...) van derramando la interioridad por doquier, sin pedirnos permiso, a nosotros, erigidos en sufridos receptores de la anatomía femenina, más por obligación que por devoción.
Cómo, cuando una mujer enseña lo que debería ocultarse, impide una comunicación fluida con los que le rodean, pues la mirada del otro tropieza con esas ventanas de su corporalidad, que le empujan a recorrer el final de la estancia en lugar de mantener la atención en el rostro, reflejo del yo interior, del alma personal.
Es verdad que Dios puso en la mujer el gusto por gustar. Pero qué difícil es enamorarse del alma femenina con el tirante del sujetador a al vista o la ropa interior asomando descarada por la cintura de los pantalones. En el lenguaje de la indumentaria provocativa, el varón lee: “en venta” o peor aún: “en alquiler”, donde debería entrever el misterio femenino velado por la ropa.
El atractivo de la mujer crece en sintonía con su espiritualidad.
Esa es la realidad: la belleza, la delicadeza y la fuerza de Dios se abren paso a través de su mirada y sus gestos. Eso lo sabe ella y los que tienen la suerte de convivir con el reflejo femenino de Dios en la tierra. La mujer, elegida como compañera del hombre hasta el final de los tiempos, es la directora de la gran orquesta del imperio de los sentidos.


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