Grandes simios y peque�os hombres
Por JOS� MIGUEL SERRANO. Profesor de la Universidad Complutense
Ni los grandes protectores de los m�s grandes simios suelen dudar de la aplicaci�n de f�rmulas coactivas de control de natalidad, traslado forzoso o eutanasia a los nuevos iguales, siempre por su bien, entendido en un sentido utilitarista. No es pues casualidad que se produzca una confluencia entre el reconocimiento de esta personalidad, disminuida respecto a f�rmulas �metaf�sicas�, como inviolabilidad o sacralidad, en los animales, y la reducci�n de la protecci�n de las exigencias de la personalidad entre los hombres.
Conviene recordar que en una de las obras traducidas al espa�ol del palad�n del nuevo utilitarismo y luchador contra los prejuicios de la especie -Peter Singer- no se llama a sacralizar la vida animal, ni siquiera la de los grandes simios, sino a desacralizar la vida humana. Tampoco podemos olvidar que personas que han manejado argumentos similares a los expuestos en el proyecto no se hicieron conocidos tan s�lo por su argumentaci�n proanimal, sino por la defensa del infanticidio a prop�sito de la argumentaci�n sobre el aborto, como pas� con Tooley, que levant� cierto esc�ndalo en su momento, aunque ahora, vista la eutanasia neonatal, el discurso parece m�s aceptable.
De la lectura, sin embargo, de los argumentos expuestos en torno al proyecto se observa una cierta sensaci�n de acarreo de argumentos m�s o menos s�lidos, pero ciertamente muchas veces incompatibles entre s�. Se renuncia a la coherencia en aras de la construcci�n de la causa pol�tica. No estamos ante construcciones filos�ficas del tipo de la de Singer, sino de argumentarios o vadem�cum muy del tipo de los que usan los partidos. De ah� su �xito entre muchos diputados.
En efecto, no parece coherente que de cara a superar la vinculaci�n entre persona y ser humano se recurra a las similitudes familiares de unos animales y los propios hombres. No se supera el especifismo diciendo que apenas hay diferencia con otra especie, como no se supera el racismo manteni�ndolo respecto a los m�s alejados e incluyendo a los que se parecen en algo. El discurso del gran simio parece anclado en una perspectiva que mantiene algunas de las �supersticiones� del especifismo, probablemente porque es una inclinaci�n pol�tica por lo que es factible en este momento.
Respecto a la argumentaci�n comunicativa, es decir, sobre la capacidad de comunicaci�n humano-otro simio, me temo que se juega con un conjunto de suposiciones muy poco convincentes. La comunicaci�n de los iguales debe ser observable a simple vista con una especializaci�n relativa y, para incluir derechos, debe especificar el conocimiento del derecho. Muy curioso resulta el argumento gen�tico. Parece que un buen n�mero de animales se parecen en su gen�tica, por ello no es la similitud sino la identidad lo que se ha usado hasta ahora como criterio de igualdad. Basta ver el entusiasmo con el que los bi�logos en general acogen cualquier variaci�n como decisiva. Sin embargo, los del gran simio aprovechan la similitud para reclamar identidad, olvidando que en el proceso que ellos mismos est�n desarrollando -de separar identidad humana de personalidad- se debe negar la condici�n personal a seres gen�ticamente humanos como los embriones, los neonatos deficientes, los comatosos, etc. No es la gen�tica �stricto sensu� la que resuelve el problema.
Parece que en las argumentaciones en torno al proyecto gran simio y similares se conjugan argumentos contradictorios de cercan�a de especies o de desarrollo de cualidades, de mera gen�tica o de condiciones de autonom�a y comprensi�n de lo que son los derechos. Hay algo que une a todo este universo contradictorio que se traduce en nuestro radicalismo. Se trata de la continuada pretensi�n de privar de contenido al concepto de dignidad humana, vinculado a la condici�n personal del hombre, que diferencia al hombre de otros seres, que lo hace inconmensurable y garantiza derechos fundamentales en sentido fuerte, es decir, no ponderables por utilidad. Condici�n digna que es reconocida en nuestra Constituci�n, pero que hoy est� en riesgo, pues, de seguirse el camino emprendido, podr�amos afirmar, con el jurista alem�n, que la dignidad de la persona �fue� un principio constitucional.


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