Grandes simios y peque�os hombres
Por JOS� MIGUEL SERRANO. Profesor de la Universidad Complutense

PERDIDO el ideal socialista, es decir, la decisiva intervenci�n contra la propiedad privada de los medios de producci�n, y abandonadas las competencias en aras de todo tipo de entidades locales y auton�micas, el campo de acci�n gubernamental parece reducirse al �happening� provocativo m�s o menos continuado, como si en vez de un gobierno tuvi�semos un grupo de eso que hoy llamamos artistas. No se crea, sin embargo, que estamos ante una muestra de frivolidad, pues los nuevos artistas ser�an capaces de frivolizar con todo excepto con su arte. Probablemente, donde el �happening� ha encontrado su m�ximo nivel de provocaci�n en este 2006 ha sido en la adhesi�n de la mayor�a al proyecto Gran Simio, en la que est�n presentes muchas de las l�neas-fuerza de la deconstrucci�n de la dignidad humana a la que asistimos en estos inicios del milenio.

Lo que ocurre en Espa�a presenta dos caracter�sticas muy definitorias de la actual situaci�n. Una es el entusiasta apoyo gubernamental al proyecto, que incluye, sin debate previo, a la ministra del ramo. Otra es el intento de enmascarar las implicaciones que tiene hablar de la comunidad de los iguales y de la extensi�n del concepto de persona. No hablamos de protecci�n, es decir, de una mayor intensidad en la consideraci�n del animal como animal, tal como se dice, sino de reconocimiento de igualdad. Dicho de otra forma, no se trata de proteger con mayor eficacia al gran simio como animal especialmente amenazado, sino de reconocer su igualdad a los hombres, incluirlo en la nueva comunidad, y al reconocerlo, por cierto, disminuir las implicaciones y las consecuencias que tiene la atribuci�n de la personalidad.

Ni los grandes protectores de los m�s grandes simios suelen dudar de la aplicaci�n de f�rmulas coactivas de control de natalidad, traslado forzoso o eutanasia a los nuevos iguales, siempre por su bien, entendido en un sentido utilitarista. No es pues casualidad que se produzca una confluencia entre el reconocimiento de esta personalidad, disminuida respecto a f�rmulas �metaf�sicas�, como inviolabilidad o sacralidad, en los animales, y la reducci�n de la protecci�n de las exigencias de la personalidad entre los hombres.

Conviene recordar que en una de las obras traducidas al espa�ol del palad�n del nuevo utilitarismo y luchador contra los prejuicios de la especie -Peter Singer- no se llama a sacralizar la vida animal, ni siquiera la de los grandes simios, sino a desacralizar la vida humana. Tampoco podemos olvidar que personas que han manejado argumentos similares a los expuestos en el proyecto no se hicieron conocidos tan s�lo por su argumentaci�n proanimal, sino por la defensa del infanticidio a prop�sito de la argumentaci�n sobre el aborto, como pas� con Tooley, que levant� cierto esc�ndalo en su momento, aunque ahora, vista la eutanasia neonatal, el discurso parece m�s aceptable.

De la lectura, sin embargo, de los argumentos expuestos en torno al proyecto se observa una cierta sensaci�n de acarreo de argumentos m�s o menos s�lidos, pero ciertamente muchas veces incompatibles entre s�. Se renuncia a la coherencia en aras de la construcci�n de la causa pol�tica. No estamos ante construcciones filos�ficas del tipo de la de Singer, sino de argumentarios o vadem�cum muy del tipo de los que usan los partidos. De ah� su �xito entre muchos diputados.

En efecto, no parece coherente que de cara a superar la vinculaci�n entre persona y ser humano se recurra a las similitudes familiares de unos animales y los propios hombres. No se supera el especifismo diciendo que apenas hay diferencia con otra especie, como no se supera el racismo manteni�ndolo respecto a los m�s alejados e incluyendo a los que se parecen en algo. El discurso del gran simio parece anclado en una perspectiva que mantiene algunas de las �supersticiones� del especifismo, probablemente porque es una inclinaci�n pol�tica por lo que es factible en este momento.

Respecto a la argumentaci�n comunicativa, es decir, sobre la capacidad de comunicaci�n humano-otro simio, me temo que se juega con un conjunto de suposiciones muy poco convincentes. La comunicaci�n de los iguales debe ser observable a simple vista con una especializaci�n relativa y, para incluir derechos, debe especificar el conocimiento del derecho. Muy curioso resulta el argumento gen�tico. Parece que un buen n�mero de animales se parecen en su gen�tica, por ello no es la similitud sino la identidad lo que se ha usado hasta ahora como criterio de igualdad. Basta ver el entusiasmo con el que los bi�logos en general acogen cualquier variaci�n como decisiva. Sin embargo, los del gran simio aprovechan la similitud para reclamar identidad, olvidando que en el proceso que ellos mismos est�n desarrollando -de separar identidad humana de personalidad- se debe negar la condici�n personal a seres gen�ticamente humanos como los embriones, los neonatos deficientes, los comatosos, etc. No es la gen�tica �stricto sensu� la que resuelve el problema.

Parece que en las argumentaciones en torno al proyecto gran simio y similares se conjugan argumentos contradictorios de cercan�a de especies o de desarrollo de cualidades, de mera gen�tica o de condiciones de autonom�a y comprensi�n de lo que son los derechos. Hay algo que une a todo este universo contradictorio que se traduce en nuestro radicalismo. Se trata de la continuada pretensi�n de privar de contenido al concepto de dignidad humana, vinculado a la condici�n personal del hombre, que diferencia al hombre de otros seres, que lo hace inconmensurable y garantiza derechos fundamentales en sentido fuerte, es decir, no ponderables por utilidad. Condici�n digna que es reconocida en nuestra Constituci�n, pero que hoy est� en riesgo, pues, de seguirse el camino emprendido, podr�amos afirmar, con el jurista alem�n, que la dignidad de la persona �fue� un principio constitucional.