Una entrevista muy interesante ...
Wolton advierte que no habrá «globalización en paz si no se respetan las diferencias religiosas y sociales»
París- Dominique Wolton aborrece a los pesimistas. De hecho, se pasa sonriendo y de mueca en mueca la hora larga de entrevista en un café frente a los jardines de Luxemburgo. Empero, cuesta retomar con brío el boulevard Saint-Michel con el eco de sus predicciones tañendo en la grabadora: guerras, mundo fracturado, lucha de clases mundial, incompresión creciente... achubascado vaticinio que sólo lograremos esquivar, según este sociólogo experto en comunicación, si engrasamos la oxidada bisagra del pensamiento que permite acoplar la relación entre unidad y diversidad. «En un mundo abierto, se necesitan raíces», explica con sencillez Wolton, de 59 años, quien describe un mundo desorientado por la globalización y el exceso informativo. Domar ambos fenómenos desbocados sólo será posible, estima el ensayista, aplacando la sed de identidad de los pueblos, regulando los excesos del capitalismo y ahormando un proyecto político al progreso técnico que ha convertido el planeta en un «pueblo global». Este pensador acudirá mañana a Madrid, en el marco de la quincena de la cultura francesa, con su estandarte de un nuevo humanismo por bandera, para impartir una conferencia en la Facultad de Ciencias de la Información.
-Su último libro se titula «Mañana, la francofonía». Un concepto tachado de anticuado o colonial, pero que usted intenta resucitar desde una nueva perspectiva.
-Habría podido escribir el mismo libro sobre la hispanofonía, si fuese español, o sobre la lusofonía como portugués. Parto de una hipótesis: la mundialización es una apertura formidable para los hombres, las ideas y el capital, pero también una uniformización y estandarización del mundo. Tras una primera fase de aceptación, los hombres y los pueblos reivindicarán sus identidades culturales cada vez con más fuerza. En contra de lo que casi todo el mundo piensa, sólo se aceptará la apertura de la globalización si se respetan estas diferencias. Los conflictos derivados del nacionalismo y las identidades culturales ya originaron las guerras de los siglos XIX y XX, pero sería iluso creer que pertenecen al pasado. Desde la caída del Muro de Berlín, en 1990, todos los conflictos son de carácter cultural.
-¿Todos? ¿También la guerra de Iraq puede considerarse un conflicto cultural?
-Los americanos creyeron, inocentemente, que podían destrozar una dictadura sin darse cuenta de que atacaban a uno de los pueblos más antiguos del mundo. Iraq significa la antigua Mesopotamia, la invención de la escritura y las primeras ciudades. El corazón de la humanidad. Pero los americanos no contemplaron su intervención desde este punto de vista. El resultado es que la dictadura ha caído, pero ha hecho germinar una guerra civil que no es sino un conflicto cultural entre chiítas y sunitas. Vivimos los treinta años más simples de la mundialización, pero cuando crezcan las de-sigualdades económicas y el rodillo del compresor cultural, las revueltas serán gigantescas. Si queremos evitar la guerra, la globalización debe acompasar el respeto de las identidades culturales a la apertura económica.
-¿Cómo las áreas lingüísticas pueden, por tanto, favorecer la paz?
-El respeto de las identidades culturales es el reto del siglo XXI, en torno a lo que yo llamo el triángulo infernal: cultura, identidad y comunicación. La comunicación es un acelerador del acercamiento, pero también del odio. Estoy convencido de que las áreas lingüísticas, como la francofonía, pueden ser un amortiguador de la violencia de la mundialización, por su carácter geográficamente transversal. Hay que intentar buscar en la actualidad factores de igualdad que atraviesen los continentes, de Norte a Sur y de Este a Oeste. La francofonía, como el mundo árabe o el diálogo mediterráneo, supone un combate para el futuro.
-El español se ha convertido en uno de los mayores lazos intercontinentales a los que usted se refiere.
-El español es la gran lengua en expansión. La hispanofonía vive un desarrollo tan grande que algunos no se dan cuenta de que después llegará una necesidad de estabilizacion, solidaridad y patrimonio. La presencia del español en los Estados Unidos puede ayudar a combatir la estandarización universal en torno al inglés. Para mí, la cultura es la lengua, la lengua y, ante todo, la lengua. No habrá globalización en paz si no se respetan todas las diferencias religiosas, simbólicas, lingüísticas y sociales del mundo. Si se reconocen las identidades culturales, pondremos freno al nacionalismo. En caso contrario, el comunitarismo y el nacionalismo florecerán.
-Este debate sobre las identidades culturales está de plena actualidad en España, donde todas las regiones, tanto aquéllas con sentimiento nacionalista como aquéllas que carecen de él, reivindican sus identidades culturales cada vez con más ahínco.
-Los países europeos con conflictos de identidad nacional, como España o Bélgica, prefiguran en su seno los problemas que el mundo vivirá a nivel global. No se trata de un debate anticuado, sino revelador. Ustedes tendrán un día un estado federal, como la jacobina Francia, donde cada región tendrá su identidad definida. La grandeza y el orgullo españoles atraviesan una crisis de identidad, pero yo creo que España saldrá más fuerte de este debate. Vascos y catalanes, aunque gruñones, nunca se disgregarán de España. Por eso me parece inteligente la actitud de Zapatero, en el sentido de que amplía los derechos de las regiones.
-Usted se refiere a «regiones». Sabe que uno de los debates más candentes en España es si las comunidades autónomas tienen derecho a reconocerse como naciones .
-No hay que ir demasiado lejos en el desmembramiento. Si se acepta que Andalucía y Cataluña son naciones, ¿cómo llamamos a España? El término «nación» es demasiado fuerte. No hay tantas naciones como comunidades. Un ejemplo clarificador es Alemania. Nadie duda de que es una misma nación, pero las diferencias incubadas durante 40 años de comunismo han hecho que dos pueblos con una lengua común vivan grandes dificultades de índole cultural a pesar de la reunificación.
-Francia está padeciendo ahora serios problemas derivados del fracaso de su modelo de integración.
-El modelo de integración a la francesa vive una crisis, porque la gente necesita sus raíces y no quiere adaptarse a un único molde, por democrático que sea. Como también ha fracasado el «melting pot» a la anglosajona, que ha estallado en comunidades que cohabitan pero no se mezclan. Y volvemos a mi hipótesis de partida: si se reconocen estas identidades y se unen en un modelo democrático, escaparemos al estallido del modelo comunitarista. Los próximos quince años serán decisivos para este reto y los viviremos en el filo de una cuchilla.
-El caso de las viñetas de Mahoma parece paradigmático de las dificultades que usted enumera. Se mezclan lo comunicativo, lo religioso, lo cultural, lo identitario...
-En efecto. No hay un único modelo de democracia y Occidente no puede imponer el suyo. Está obligado a negociar. Salvar el modelo democrático supone permitir que cada pueblo se adhiera a los valores democráticos a su manera. Al final, tras 50 años de Guerra Fría, volvemos al punto de partida de la declaración de las Naciones Unidas, obligados a respetarnos y a cohabitar. No podemos escapar de un mundo que nos exige que nos entendamos. Y comprendernos significa aceptar las diferencias. El caso de las viñetas es un aviso de cómo un pequeño gesto puede crear grandes conflictos. La comunicación, en el fondo, lo complica todo. Es el mejor complemento de la democracia, pero también el más peligroso. Suprimiendo las distancias físicas, la comunicación evidencia aún más las distancias culturales. Y para que éstas no se conviertan en un factor de guerra, hay que comprender que la comunicación es un factor político. Es necesario que siga habiendo medios informativos nacionales, regular las industrias culturales para evitar los monopolios y establecer leyes para internet.
-Su país vive en estos momentos un periodo de declive, lo que algunos han llamado el psicodrama francés. Un término interesante porque no remite sólo a la esfera objetiva, sino a la sensación de depresión de cada uno de sus habitantes.
-Francia fue una gran potencia mundial y ahora es sólo una potencia europea. Su crisis cultural proviene del fracaso en la gestión del fin del colonialismo, que provocó un repliegue del país hacia sí mismo y hacia Europa. Debemos asumir que con los territorios de ultramar, presentes en tres océanos, sesenta años de inmigración y una riqueza cultural y social enormes, somos una gran sociedad multicultural. Algo que la extrema derecha no ha permitido. Francia ha traicionado su mensaje de universalismo y lleva 50 años siendo provinciana, por la incapacidad de las elites galas para abrirse a otras culturas. La crisis de los suburbios ha permitido proclamar, por primera vez, que ser francés no es ser blanco, occidental y católico, sino tener las mismas oportunidades. Cuando los franceses se muestren orgullosos de esta diferencia de procedencias, culturas y razas, acabará la crisis.
-Usted ha escrito que «Francia no debe dejar al mundo anglosajón el monopolio de la modernidad. Debe imponer otro estilo de capitalismo, más humano». En otras palabras, reinventar el capitalismo. Pero eso no se antoja sencillo...
-Enriquecerse no es un leitmotiv que haya creado nunca una civilización. El capitalismo es genial para la economía y desastroso para la sociedad. El núcleo del problema desde 1800 es cómo conciliar el genio de ese motor económico con un mayor progreso social. Ahora, existe el riesgo de una lucha de clases global, como la que vivió Europa entre 1820 y 1850, pero mundial, fulgurante y más peligrosa. Para conseguirlo, hay que adaptar el capitalismo a múltiples estilos. Y, por supuesto, hacerlo más flexible. Hoy en día, impera un único modelo: el anglo-norteamericano.
-Jean Peyrelevade, en una entrevista con LA RAZÓN, defendía que ese nuevo modelo de capitalismo humano debe ser «europeo» y no «francés, español o inglés».
-¡Atención! Desde lejos, se ve bien Europa. Desde cerca, no es tan homogénea. Un día existirá un capitalismo europeo. Por ahora, se construye lentamente. Europa ha conseguido lo nunca visto en los últimos 50 años, y problemas como la Constitución Europea son sólo pequeñas piedras en el camino. Pero todavía no es una unidad. Vayamos paso a paso.
-Una de las últimas grandes revoluciones es la suma de más de 2.000 millones de personas, los habitantes de India y China, al tablero del capitalismo.
-¡Pero capitalismo no quiere decir democracia! Sin regulación, sólo se genera una dicotomía rico/pobre. La lucha de clases siempre existió a nivel mundial, aunque la gente lo ignoraba. Con la globalización, cualquier persona, en cualquier lugar del mundo, sabe instantáneamente cualquier cosa sobre cualquier sitio. La gente no se adscribe al capitalismo, sino visualmente al ideal de riqueza, como tener un coche o una casa. Salvo que, por lo general, encontrará la pobreza. La mundialización de la información acelerará este sentimiento de injusticia. Si queremos evitar una lucha de clases mundial, hay que temporizar y aceptar una regularización social de la economía para reducir la desigualdad. Con un parámetro nuevo con respecto a la lucha de clases del XIX: la identidad cultural.
-Es innegable que el francés medio, como muchos europeos, cree vivir un periodo de gran depresión y afirma no comprender el mundo en el que vive.
-Todo ha cambiado siempre a una velocidad vertiginosa, sólo que ahora podemos comprobarlo gracias a la técnica. El mundo abierto de hoy, con miles de medios de comunicación, es más difícil de gestionar que el mundo cerrado de ayer. Ese ideal democrático del saberlo todo que permite la globalización informativa actual hace el planeta más peligroso. No es negativo, pero hay que saber manejarlo.«La democracia llega a través de la ley»
-Gracias a la expansión de los medios de comunicación, escrutamos más y mejor el mundo, con el riesgo de comprenderlo menos. ¿La ausencia de controles, de leyes y de garantías en internet puede terminar por dañar la democracia, la credibilidad de la comunicación y el entendimiento del mundo?
-Por supuesto. Internet es el mito de la información libre accesible por todos, pero existen límites invisibles. El primero, los propios conocimientos y medios para manejarlo. Además, la información no validada por un profesional puede ser muy perjudicial. La función democrática de internet no puede existir sin leyes. La ley nunca limita la libertad de información; la protege, como ocurrió con la televisión, la radio o la prensa. Hay un izquierdismo libertario que, rechazando la conveniencia de las leyes, se convierte en el mejor aliado de Bill Gates. La democracia llega siempre a través de la ley. Ahora parece increíble conseguir una regulación mundial de internet. Pero quizás serán los propios americanos, cuando haya tres especulaciones que pongan en peligro su economía, o tras la guerra de Iraq, los primeros que apuesten por regular este «far west».http://www.larazon.es/noticias/noti_nac27673.htm


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