¿Por qué Zapatero y Maragall se utilizan a Anadalucía para que nos "traguemos el Estatut catalán? ¿Para eso hemos quedado los andaluces?

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¡Es la economía, estúpido! ignacio martínez
SAN Miguel podría utilizar la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía en el próximo anuncio de su cerveza sin alcohol. Pueden presumir con orgullo de su identificación con el pueblo andaluz: un 0,0 por ciento de la población situó este asunto entre los principales problemas de la región, en el Barómetro Autonómico del CIS de diciembre pasado. Nadie pedía un cambio del Estatuto, pero los representantes públicos tienen a veces necesidades fisiológicas que el resto de los mortales no padece: los socialistas gobernantes necesitaban facilitar la mejor digestión posible del Estatut.
Había dos cuestiones que inquietaban en particular: Que Cataluña sea una nación y que quiera pagar 6.000 millones de euros (un billón de pesetas) menos a las arcas del Estado. La réplica andaluza aprobada el jueves en Las Cinco Llagas, ha acabado desairada. Sólo dos de los cuatro partidos del Parlamento autonómico respaldan este Estatuto. Los valedores de la reforma representan el 58 por ciento de los votos emitidos en 2004. En número de diputados consiguen por los pelos los tres quintos exigidos, pero la reforma no tiene detrás 3/5 de los votos. Con una legitimidad justísima, el embrollo estatutario se ha montado sobre la primera de las dos alarmas catalanas: el término nación. Se ha desatado una porfía sobre si somos realidad nacional, nacionalidad o nación.

La idea de Maragall de que España es una nación de naciones es una ligereza. Incluso en Cataluña es un debate artificial e inducido por la fisiología política. En ninguna comunidad autónoma española hay una mayoría partidaria de definirse como nación. Lo dice el barómetro del CIS. Cataluña es la única en donde hay más gente que prefiere nación a región, pero casi empatan. Hace un año, en una encuesta de La Vanguardia, por nación estaba el 28. Ahora ha subido al 44; la mitad del 90 por ciento de diputados del Parlament que decidieron que había una amplia mayoría a favor del concepto nación.

En todo caso, el debate de filología, sociología y psicología sobre la nación se ha convertido en una cortina de humo tras la cual se esconde el gran objetivo del Estatut: la financiación. Habría que recuperar el eslogan con el que Bill Clinton ganó a George Bush padre, en 1992: "¡Es la economía, estúpido!" Si Cataluña deja de pagar 6.000 millones de euros al año con su nuevo sistema y otras regiones ricas aplican el mismo modelo, a Andalucía le puede costar muy cara la factura. Para tranquilizar los ánimos se nos dice que "todas las comunidades autónomas van a recibir más". Esto sería posible. Pero entonces, la Administración General del Estado se quedará con menos recursos e invertirá menos en los distintos territorios.

El Estatuto andaluz debe tener cautelas que eviten sorpresas cuando llegue el nuevo reparto. Pero antes, hay que lograr el máximo consenso sobre la reforma: el texto actual no representa siquiera a tres quintos de los votantes de marzo del 2004.

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