Andalucía y la nación
Antonio Casado
Este miércoles dijo en la radio Javier Arenas, presidente del PP andaluz, que no habrá consenso sobre el proyecto de Estatuto de Autonomía si el PSOE mantiene su sobrevenida decisión de poner en el texto 'realidad nacional' donde antes, con consenso, ponía 'parte' de la 'indisoluble unidad' de la Nación española. O sea, ya tenemos un problema político donde antes no lo había. Pero no solo político.

Veamos: Uno de los rasgos centrales de la actual situación es la peligrosa tendencia de nuestra clase política a convertir la gobernación del Estado en un simple juego táctico donde los intereses de partido se cruzan con la lucha por el poder, cuando sólo debería consistir en aplicar la voluntad de los ciudadanos y los consensos civiles sobre las grandes cuestiones públicas.

Es una forma de malversación del mandato de las urnas. No se me ocurre otro modo de llamarle al hecho de crear un problema donde no lo había. Un problema civil, claro, aunque el origen del mismo esté en ese tacticismo político que acabo de mencionar. En este caso, el pecado lo cometen los socialistas que gobiernan por mayoría absoluta en Andalucía, pero ninguno de los partidos está en condiciones de arrojar la piedra.

Ahora que los españoles no nacionalistas podemos elegir con orgullo ser españoles, porque nos da la gana y no porque no podamos ser otra cosa, como diría Cánovas, el PSOE ofrece a los andaluces, sin que se lo hayan pedido, la posibilidad de ser más andaluces que españoles, que es como ofrecerles la posibilidad de abandonar el barco por si el barco zozobra. Ese es en realidad el recado que se les envía al calificar de 'realidad nacional' a Andalucía, como si Andalucía anduviese necesitada de definiciones por supuesta falta de identidad como pueblo.

De lo que precisamente anda sobrada Andalucía, sabia, milenaria, única -o sea, diferente a cualquier otro país, a cualquier otra región, y, por tanto, no comparable con nada- es de personalidad y de señas de identidad. ¿A qué viene el empeño de rebautizar el apabullante andalucismo de ese glorioso componente de la nación española fraguado al sur de la península?
Sólo nos queda el consuelo de relacionar este debate palabrero en torno a la identidad de Andalucía con las cotas de desarrollo y bienestar alcanzados por esta España del siglo XXI. Sólo en una sociedad satisfecha se explica esta estúpida tendencia de la clase política a crear a los ciudadanos problemas que no tienen en vez de dedicarse a resolver los que realmente tienen.

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