El Evangelio gnóstico de Judas: la desnaturalización del cristianismo
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Ignacio Carbajosa
Este domingo, con gran publicidad y en el pórtico de la Semana Santa, el canal de televisión de National Geographic, la prestigiosa revista americana, emitía un documental en exclusiva de título El evangelio perdido de Judas. En este documental se anunciaba el descubrimiento de un evangelio que “podría reescribir la historia bíblica, desafiando la narración que los cuatro evangelios canónicos hasta ahora nos habían transmitido”. Se trata del “evangelio de Judas”, en el que este discípulo no aparece como un traidor sino como un héroe que acepta entregar a Jesús por petición expresa del hijo de Dios.
Hasta aquí los titulares. Pero ¿de qué se trata realmente? Hace unos treinta años apareció en el mercado de antigüedades de El Cairo un códice en papiro, escrito en copto (la antigua lengua de los egipcios), de origen desconocido, probablemente resultado de la profanación de tumbas antiguas en busca de tesoros. Su primer propietario, a la espera de un buen comprador, lo mantuvo escondido en malas condiciones en la caja de seguridad de un banco americano. Sólo a fines de los noventa vuelve a ver la luz, esta vez con un nuevo propietario, capaz de entender el valor de aquellas páginas de papiro. En efecto, tras las pertinentes verificaciones, todo parece apuntar a que estamos ante una copia en copto del siglo IV del “evangelio de Judas”, un escrito gnóstico (originalmente escrito en griego) de mitad del siglo II del que nos da noticia san Ireneo, y que, sin embargo, no había llegado hasta nuestros días. El gran Padre de la Iglesia, hablando de la herejía gnóstica de los cainitas, nos informa sobre sus doctrinas: “dicen que Judas el traidor conoció estas cosas y que solamente por haber conocido antes que los otros la verdad, consumó el misterio de la traición. Por él dicen, además, que fueron disueltas todas las cosas, celestiales y terrenas. Y aducen una ficción de este estilo, dándole por nombre Evangelio de Judas”.
Se trata, por tanto, de un escrito cuya existencia ya era conocida, del género literario evangelio (narraciones sobre la vida de Jesús), uno más de los casi cuarenta evangelios apócrifos (no canónicos) que conocemos y que circularon a partir del siglo II. A principios del siglo II los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) gozaban del respeto de las comunidades cristianas más importantes. Escritos por los apóstoles o por hombres ligados a ellos, habían sido redactados en los decenios inmediatamente posteriores a la muerte y resurrección de Jesús, eran leídos en las liturgias de las Iglesias principales y contenían la regla de la fe que todos profesaban. Con el pasar del tiempo, y dentro de una cierta lógica, comenzaron a circular otras “historias sobre Jesús” con contenidos y origen muy diversos: de narraciones devotas a leyendas con más o menos fundamento, pasando por desviaciones heréticas. Entre ellos están los escritos gnósticos, una herejía que desnaturaliza completamente el cristianismo. Según esta corriente, la salvación se alcanza a través del conocimiento (“gnosis”), un conocimiento reservado sólo a unos pocos, a través de etapas y en un proceso secreto. Las principales sectas gnósticas sostenían que la creación era obra de un dios menor, un demiurgo y, por ello, despreciable (llegaban a celebrar la Eucaristía con agua –el vino era obra del dios de la creación- y a prohibir la relaciones sexuales –como desprecio al cuerpo-).
El valor del evangelio de Judas, cuyo contenido sale ahora a la luz, se reduce a testimoniar la doctrina de estas sectas gnósticas. Algunos pasajes del mismo son bien claros. En uno de esos pasajes, Jesús, dejando a un lado al resto de los discípulos se dirige a Judas y le dice: “apártate de los otros y te daré a conocer los secretos del reino. Podrás alcanzarlos, aunque para ello tengas que sufrir mucho”. Verdaderamente singular es la escena en la que Jesús se ríe a carcajadas de sus discípulos durante la cena (provocando en ellos el enfado y el odio hacia su persona) porque dan gracias y bendicen el vino, fruto de un dios menor. El mismo Jesús alaba a Judas porque “tú serás el que sacrifique al hombre que me reviste” mostrando a las claras la doctrina gnóstica por la que la humanidad de Jesús es sólo apariencia.
Caro cardo salutis decía Tertuliano: la carne es el quicio de la salvación. A Dios gracias, los cuatro evangelios canónicos siguen en pie, mostrándonos un Jesús que verdaderamente se conmovía ante su amigo Lázaro muerto, que verdaderamente enjugaba las lágrimas de una viuda, que verdaderamente perdonaba los pecados, que verdaderamente acogía a la adúltera, que verdaderamente sufría en la cruz por nosotros y que verdaderamente resucitaba al tercer día, mostrándose ante sus discípulos.


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